Jueves Santo

Jesús celebra la Última Cena con los Apóstoles, instituye la Eucaristía y el Sacerdocio Ministerial, y nos da el Mandamiento Nuevo.

Todos los momentos de esta Última Cena reflejan la Majestad de Jesús, que sabe que morirá al día siguiente, así como su Amor y Ternura para con los hombres.

Encomendó a sus discípulos dispusieran lo necesario. Ello nos recuerda que debemos prepararnos cada vez que participamos en la Santa Misa, ya que en Ella se renueva el mismo Sacrificio de Cristo que se entregó por nosotros.

Lo que hizo Cristo por los suyos puede resumirse en estas palabras de San Juan: “los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Debemos meditar este Amor y en cómo estamos correspondiendo al mismo.

Luego el Señor anticipa de forma sacramentl el sacrificio que va a consumar al día siguiente en el Calvario. Hasta ahora la Alianza de Dios con Israel estaba representada en el Cordero Pascual sacrificado en el altar de los holocaustos. Ahora el Cordero Inmolado es el mismo Cristo, inaugurando la Nueva y definitiva Alianza, que nos redime de la esclavitud del pecado y de la muerte.

Se nos da en la Eucaristía para fortalecer nuestra debilidad y acompañar nuestra soledad. Se queda para siempre con nosotros en la Eucaristía, con esa Presencia Real, Verdadera y Sustancial. Es el mismo Jesús en el Cenáculo que en el Sagrario. Ahí nos espera siempre.

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