1er Domingo de Cuaresma

Las lecturas de este primer Domingo de Cuaresma nos ayudan a iniciar nuestro camino de conversión.
El primer paso es reconocer nuestra  condición de pecadores. Con humildad despojarnos de toda apariencia y ponernos ante Dios desnudos y, viendo nuestra desnudez, pedirle con un corazón arrepentido, nos perdone y restaure en nosotros esa primera condición del hombre donde, vestido de la inocencia original y de la pureza, gozaba de la presencia de Dios y de su Amor continuamente.
El segundo paso es pedirle al Señor ¿cómo podemos volver a esa inocencia original? La respuesta es clara: seguir los pasos de Jesús, igual que lo hizo Francisco de Asís, “a la letra, a la letra, a la letra. Sin glosa, sin glosa, sin glosa”.
Todos los otros caminos que puedan enseñarnos, con excusas de adaptar el Evangelio a los tiempos modernos, de hacerlo más atractivo a la gente de hoy, etc., son tentaciones vanas para desviarnos del camino seguro al encuentro con Dios.
El Evangelio es Palabra Viva. Es la acción del Espíritu Santo que toca los corazones y los sana y vivifica, no nuestras adaptaciones. Al intentar suavizarlo no permitimos que el Espíritu de Dios actúe y estamos ahogando su deseo de cambiar los corazones, de sanar, de liberar y de llenarnos de su paz, de su amor de su plenitud.

Hoy deberíamos adentrarnos en el desierto con Jesús y permanecer en Él y con Él durante estos 40 días, para, al igual que hizo María, orar con Él, ayunar con Él y hacer penitencia con Él.

Si el camino hacia la inocencia original, y la vida en Dios y con Dios hubiera sido otro, Jesús nos lo hubiera mostrado, pero Él nos muestra que el único camino es la oración, el ayuno y la penitencia.

Jesús se fue solo al desierto para que nosotros no estuviéramos solos. Jesús, siendo puro, inocente e inmaculado, ayunó, quiso sentir hambre para que nosotros fuéramos saciados. Él quiso sacrificarse hasta entregar su propia vida para que nosotros fuéramos rescatados.

Bienaventurados los que oran en el desierto acompañando la soledad de Cristo porque nunca se sentirán solos. Bienaventurados los que en el silencio, en la mortificación y en el ayuno  buscan escuchar sólo la voz de Dios porque la misma Palabra de Dios será su alimento, su fortaleza y su paz.

Bienaventurados los que durante esta cuaresma tengan el deseo ardiente de imitar y acompañar a Cristo porque el día de Pascua resucitaran con Él.

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