La Venida del Espíritu Santo

El Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que habita en todos nosotros ¡Aleluya!

Pentecostés era una de las grandes fiestas judías, peregrinaban muchos israelitas a Jerusalén en esas fechas para adorar a Dios en su Templo Santo. El origen de la fiesta, por tanto, se remontaba a una muy antigua celebración en la que se daban gracias a Dios por la cosecha del año, y que estaba a punto de ser recogida. Más tarde se sumó a esa fecha el recuerdo de la promulgación de la Ley dad por Dios en el Monte Sinaí. Se celebraba cincuenta días después de la Pascua, y la cosecha material que los judíos festejaban con gran alegría y gozo se convirtió, por divino designio, en la Nueva Alianza. Por consiguiente, en una fiesta de inmensa felicidad y gran alegría: la venida del Espíritu Santo con todos sus dones y frutos.

Nos dice la Sagrada Escritura que al cumplirse el día de Pentecostés, estaban reunidos con María Santísima y los discípulos, en un mismo lugar, y de repente sobrevino del cielo un gran ruido, como de viento que irrumpió impetuosamente y llenó toda la casa en la que se encontraban. El Espíritu Santo se les manifestaba en esos elementos que solían acompañar muchas veces la presencia de Dios en el Antiguo Testamento: el fuego y el viento.

El fuego aparece en la Escritura como el AMOR que lo penetra todo, y a su vez como elemento purificador. Son por tanto imágenes que sin lugar a dudas nos ayudan a comprender mucho mejor la acción que el Espíritu Santo realiza en las almas. Purifica, decimos muchas veces, Señor, con el Espíritu Santo nuestras entrañas y nuestro corazón.

El fuego también produce luz, y esta claridad significa que el Espíritu Santo nos hace entendamos mucho mejor la doctrina de Jesucristo. Recordemos sus palabras: “Cuando venga aquél, el Espíritu de Verdad, os guiará hacia la verdad completa… Él me glorificará porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. El Paráclito, el Espíritu Santo, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que os he dicho”. Él es quien lleva a la plena comprensión de la verdadera enseñanza por Cristo: “habiendo enviado por último al Espíritu de la verdad completa la Revelación, la culmina y la confirma con testimonio divino”.

La venida del Espíritu Santo en el día de Pentecostés no fue un hecho aislado en la vida de la Iglesia. Los Apóstoles fueron robustecidos en su misión de testigos de Jesús, para anunciar la Buena Nueva a todas las gentes. Pero no solamente ellos, sino todos los que creamos en Él tendremos el dulce deber de anunciar que Cristo ha muerto y resucitado para nuestra Salvación. “Y sucederá en los últimos días – dice el Señor – que derramaré mi Espíritu sobre toda carne y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, y vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños. Y sobre mis siervos y siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días y profetizarán”. Así predicó Pedro la mañana de Pentecostés, que inauguraba ya la época de los últimos días, los días en que ha sido derramado de una manera nueva el Espíritu Santo sobre aquellas personas, sobre esas almas que sin dudar han creído y creen que Jesús es el Hijo de Dios y por tanto tenemos, sin lugar a dudas, que llevar a cabo su doctrina.

Para ser más fieles a las constantes mociones e inspiraciones del Espíritu Santo fijémonos en tres realidades: “docilidad”, “vida de oración”, “unión con la Cruz”. Docilidad, en primer ligar, porque el Espíritu Santo es quien nos empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilarla con profundidad. Es quien nos da la Luz para tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera de cada uno de nosotros. Vida de oración, porque la entrega, la obediencia, la mansedumbre del cristiano nacen del AMOR y al AMOR se encaminan. Unión con la Cruz, porque en la vida de Cristo el Calvario precedió a la Resurrección y a Pentecostés, y ese mismo proceso debe reproducirse en la vida nuestra, sobre todo en los cristianos. Así pues, recordemos una vez más, que el Espíritu Santo es fruto de la Cruz, de la entrega total a Dios, de buscar exclusivamente su Gloria y de renunciar por entero a nosotros mismos.

Ven, Espíritu Santo,
y envía del Cielo
un rayo de tu luz.

Ven, padre de los pobres,
ven, dador de gracias,
ven luz de los corazones.

Consolador magnífico,
dulce huésped del alma,
su dulce refrigerio.

Descanso en la fatiga,
brisa en el estío,
consuelo en el llanto.

¡Oh luz santísima!
llena lo más íntimo
de los corazones de tus fieles.

Sin tu ayuda,
nada hay en el hombre,
nada que sea bueno.

Lava lo que está manchado,
riega lo que está árido,
sana lo que está herido.

Dobla lo que está rígido,
calienta lo que está frío,
endereza lo que está extraviado.

Concede a tus fieles,
que en Ti confían
tus siete sagrados dones.

Dales el mérito de la virtud,
dales el puerto de la salvación,
dales la felicidad eterna.

En Alabanza de Cristo.

Así Sea.

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