Cuarto Domingo de Cuaresma

Lc 15, 1-3. 11-32

           La lectura de este cuarto domingo de cuaresma ha tocado muchos corazones a lo lago de la historia. Ha sido plasmada en cuadros, explicada en libros y sermones. Nos muestra que la Palabra de Dios está viva y conmueve y mueve los corazones.

          Nos invita a un cambio de vida, a volver, de corazón, a Dios; a entrar en nosotros mismos, ver todo aquello que Dios nos ha dado a lo largo de nuestra vida y que nosotros hemos despreciado o malgastado. A examinar cada rincón de nuestro corazón para poder reconocer qué hay en él que no le deja cabida a Dios y nos aparta de Él.

            No hay duda que podemos ponernos en lugar del hijo prodigo, que reclama su parte de la herencia para marcharse a “un país lejano” y malgastar todo cuanto tenía. Si profundizamos en nuestra alma y, a pesar del ajetreo de cada día, del trabajo, de los quehaceres, de los problemas, de las angustias, de tanto y tanto ruido que nos envuelve en medio del mundo, procuramos encontrar un momento de silencio en el cual podamos desnudar nuestra alma ante Dios, nos daremos cuenta que estamos sedientos y hambrientos, que nada del mundo nos puede alimentar ni aliviar; que nadie nos da aquello que realmente necesitamos, sólo nuestro Padre es capaz de saciar nuestra hambre y nuestra sed, porque sólo Él sabe todo aquello que necesitamos antes de que se lo pidamos. Sólo Él nos puede dar la paz que tanto ansiamos.

            También en muchas ocasiones somos el hijo mayor, nos faltan entrañas de misericordia, a pesar de que vive y comparte con su Padre, un padre que sólo es Amor y Misericordia.

            Leyendo esta parábola, analizando a cada uno de sus personajes, meditando la manera de actuar y reaccionar de cada uno de ellos e intentando interiorizar para que la Palabrade Dios hable a mi corazón, me viene una pregunta incesantemente: ¿realmente me siento hija de Dios? ¿Realmente estos dos hijos se sienten hijos de un Padre lleno de amor y misericordia hacia ellos?

            Si realmente sintiera que Dios es mi padre, que me ama, que todo lo suyo es mío, que siempre que le pido me da y me da en abundancia, que me da todas sus gracias y dones y que me promete el ciento por uno, ¿Cómo sería capaz de apartarme de Él? Si te sientes hijo eres capaz de tener esta relación filial de confianza, de familiaridad, de cercanía, que te llena de seguridad y felicidad. ¿Le permito a Dios ser mi Padre? ¿Trato con Él realmente así, como hijo, con esta confianza y este amor? Y si es así, ¿cómo es que aun no he aprendido a ser realmente hijo de Dios, siendo como es mi Padre, misericordioso y lleno de amor?

            Si dejamos que Dios sea nuestro Padre y nosotros actuamos como verdaderos hijos de Dios, eso cambiará nuestra vida, porque no tan sólo nos sentiremos amados en plenitud sino que seremos capaces de amar a los demás con Su corazón.

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