5º Domingo de Cuaresma

En el nombre del Padre,del Hijo y del Espíritu Santo, Amén.
Comenzamos la última semana de cuaresma,tiempo en que nos preparamos para entrar en la medida de nuestras posibilidades en la Pasión, muerte y Resurrección de Jesús.
En ésta página del Evangelio vemos cuál es la Pasión del Corazón de Jesús, arrancar al hombre del pecado y elevarlo a su verdadera dignidad.

– Jesús se retiraba a orar en el monte de los olivos, allí tenía su intimidad con el Padre. Allí habla a su Padre y a su Dios de los hombres y después baja para hablar a los hombres de Dios. Tomemos nota de como tenemos que hacerlo, no podemos hablar de Dios si antes no hablamos con Dios.
– Ahora en el templo le presentan una mujer sorprendida en adulterio. Jesús viene de estar con el Padre y se encuentra de lleno en medio de la miseria humana,miseria que más tarde cargará sobre sus hombros y lo desfigurará tanto que perderá su apariencia de hombre.
– El pasaje evangélico no dice que la mujer estuviera arrepentida, ciertamente debía estar asustada. Podemos identificarnos con cualquiera de los personajes, a veces somos la adúltera, otras veces los verdugos. Con facilidad nos erigimos por encima de los demás creyéndonos mejores y olvidando que nosotros también pecamos.
– La reacción de Jesús: “se puso a escribir en la tierra”, me hace pensar en aquel pasaje de la Escritura donde Dios dice: “pondré mi ley en sus entrañas…”, y también en el Génesis donde Dios crea al hombre del polvo de la tierra. Jesús es Dios y la tierra el hombre.  Jesús nos ha dado su Espíritu Santo para que no vivamos ya más como siervos sino con hijos y lleguemos al sentido pleno de las escrituras y descubramos el verdadero amor del Padre.
– Sigamos, cuando Jesús dice: “el que éste libre de pecado…” podríamos ver en los escribas una reacción sincera,ninguno tiró la piedra, pero a la vez, delante de la autoridad de Jesús no les quedó más remedio que reconocerse pecadores.
– Ahora ya sólo quedan Jesús y la mujer. “¿Dónde están? ¿nadie te ha condenado? Tampoco yo te condeno, vete y no peques más”. Qué grandeza la del corazón de Jesús que sin esperar arrepentimiento ya ofrece su misericordia. Un amor tan grande no puede hacer menos que movernos a cambiar, a desear con todas nuestras fuerzas no volver a pecar, para no ser desagradecidos con alguien que tanto nos ama. Aunque pequemos, porque pecamos, no nos cansemos nunca de levantarnos e ir al Corazón de Jesús y depositar en Él nuestra miseria por más que el maligno nos quiera hacer creer que no tenemos remedio. Mientras estemos en esta vida Satanás nos ganará batallas, pero si perseveramos al final el triunfo será de Dios.

En alabanza de Cristo. Amén.

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