Miércoles de Ceniza

Este primer Domingo de Cuaresma hablaremos de Conversión y Penitencia, ya que es el tiempo más apropiado para fomentar la conversión del corazón.

Obras de Penitencia: Confesión frecuente, mortificación, limosnas, etc… Por tanto, la Cuaresma es un tiempo muy especial para acercarnos más al Señor.

Es tiempo de renovación interior y penitencia. Nos preparamos para vivir intensamente la Pascua del Señor. Nuestra Madre la Iglesia nos invita a purificar nuestra alma y a recomenzar de nuevo.

“Convertíos a mí de todo corazón, con llanto, con luto, con ayuno”. Rasguemos nuestros corazones, no las vestiduras. Seamos misericordiosos y compasivos. Es lo que leemos en la lectura del Miércoles de Ceniza. Cuando el sacerdote nos impone la ceniza nos recuerda las palabras del Génesis, después del pecado original: “acuérdate, hombre, de que eres polvo y en polvo te has de convertir”. Sin embargo, olvidamos muchas veces que sin el Señor no somos nada. “De la grandeza del hombre sin Dios no queda más que un poquito de polvo, en un plato, a un extremo del altar, en este Miércoles de Ceniza nos marca en la frente la Iglesia como nuestra propia sustancia.

Quiere el Señor que nos desapeguemos de las cosas de la tierra para volvernos y regresar a Él, y que dejemos por tanto el pecado, que mata y envejece. Retornemos a la Fuente de la Vida y la Alegría. “Jesucristo mismo es sin duda alguna la Gracia más sublime de toda la Cuaresma. Es Él mismo que se presenta ante nosotros en la admirable sencillez del Evangelio”.

El corazón tiene que volver a Dios. Se nos dice “convertíos”, estad dispuestos a poner los medios para hacer un cambio en nuestras vidas. Es lo que Él espera, que seamos sinceros con nosotros mismos, que no intentemos servir a dos señores, que amemos con toda el alma y el corazón a Dios, y alejemos de nuestra vida cualquier circunstancia, bien sea el trabajo, la salud, la familia y un largo etcétera, propios de cada uno.

Jesús busca un corazón contrito, conoce nuestras faltas y pecados y está dispuesto a eliminarlos.

Desea un corazón sincero, que nuestro dolor sea auténtico, que confiando en su Amor y Misericordia acudamos a la confesión y, arrepentidos, cambiemos nuestra vida y seamos fieles a sus enseñanzas. La mortificación también nos ayudará a conseguir este cambio.

Convertirse quiere decir buscar de nuevo el perdón y la fuerza de Dios en el Sacramento de la Reconciliación, ya sí volver siempre a empezar, avanzando cada día.

Se nos invita a meditar el Salmo en que el Rey David expresa su arrepentimiento, y con el que infinidad de santos han suplicado perdón al Señor. Si lo repetimos, el Señor nos escuchará.

La conversión se manifiesta en la conducta. Por tanto los deseos de mejorar debemos expresarlos donde quiera que nos encontremos, en la familia, en el trabajo, en el estudio, en esas pequeñas mortificaciones que ofrecidas al Señor hacen mucho más grata la convivencia en nuestros entornos y más eficaz el trabajo diario. También en el cuidado y preparación de la Confesión Frecuente.

El Señor nos pide hoy el ayuno y la abstinencia. Ambas cosas “fortifican el espíritu, mortificando la carne y su sensualidad”. Se eleva el alma a Dios. Se abate la concupiscencia, dándonos fuerza para amortiguar y vencer las pasiones, y disponer al corazón para no buscar otra cosa que el agradar a Dios en todo momento.

En estos tiempos podemos colaborar también con la limosna, esa pequeña donación que aportamos al hermano necesitado. Si la entregamos de corazón, si deseamos verdaderamente llevar un poco de consuelo al hermano que está pasando necesidad, o contribuir según nuestros medios en alguna obra apostólica para bien de las almas. Todos los cristianos podemos y debemos ejercitarnos en la limosna, pero no sólo los pudientes, los ricos, sino incluso aquellas personas de posición media y también los pobres. De este modo, quienes son desiguales pro su capacidad de hacer limosna son semejantes en el Amor y afecto con que lo hacen, y como ejemplo recordemos a la viuda que Jesús alabó.  Su monedita, “la única que tenía”, la dio.

La mortificación, el desprendimiento de lo material y la abstinencia purifican nuestros pecados y a encontrar al Señor en nuestro quehacer diario. Porque “quien a Dios busca queriendo continuar con sus gustos y caprichos, lo está buscando de noche, y de noche no lo encontrará”.

No podemos dejar pasar este tiempo, este día, sin fomentar en nuestra alma un deseo profundo y eficaz de volver una vez más, como el Hijo Pródigo, para estar más cerca del Señor. San Pablo nos dice que este tiempo es excelente, que debemos aprovechar para una buena conversión: “Os exhortamos a no echar en saco roto la Gracia de Dios. Mirad: ahora es el tiempo de la Gracia; ahora es el Día de la Salvación”.

El Señor nos repite a cada uno a la intimidad del corazón: “Convertíos, volved a Mí de todo corazón”.

Ahora se nos presenta un tiempo en el que recomenzar en Cristo estará sostenido por una particular Gracia de Dios. Por eso, el Mensaje de la Cuaresma está lleno de alegría y de esperanza, aunque sea un mensaje de mortificación y penitencia.

Junto a Cristo encontraremos el remedio c0ntra la tibieza, y las más que suficientes fuerzas para vencer aquellos defectos que, de otra forma, resultaría imposible. Cristo nos repite: “¡Vuélvete! ¡Volveos a Mí de todo corazón!”.

Principio de Cuaresma. Tiempo para que cada uno de nosotros se sienta ungido por Jesucristo. Para que los que alguna vez nos sentimos inclinados a aplazar esta decisión sepamos que ha llegado el momento. Para los que tengamos pesimismo, pensando que quizá nuestros defectos no tienen remedio, sepamos que ha llegado el momento. Comienza la Cuaresma, mirémosla como un tiempo de cambio y esperanza.

En Alabanza de Cristo.

Paz y Bien.

Magdalena OFS.

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