La Inmaculada

Celebramos hoy la Solemnidad de la Inmaculada Concepción. Más allá de conceptos teológicos, razonamientos y disquisiciones sobre tal Dogma, y aun antes que todo eso, me parece aún más provechoso contemplar a María como tal. Es decir, en su vida terrena.Si profesamos que fue preservada del Pecado Original antes de su Concepción, y que fue llena de Gracia Original en el momento mismo de su Concepción, no nos será difícil ver en María una vida de Gracia constante, de oración permanente, de plenitud de Gracias y Virtudes, y, por tanto, de Vida Paradisíaca, a semejanza de Adán y Eva antes del Pecado. Como nos narra Ana Catalina Emmerick:

Como todos los santos, sólo comía para el propio sustento, sin probar jamás otros alimentos que aquéllos a los que había prometido limitarse. Pude verla a menudo entregada a la oración y a la meditación. (…) la vida de María era una aspiración incesante hacia la Redención, una plegaria interior continua. Hacía todo esto con gran serenidad y en secreto, levantándose de su lecho e invocando al Señor cuando todos dormían. A veces la vi llorando, resplandeciente, durante la oración. María rezaba con el rostro velado. (…) He visto a María en estado de éxtasis continuo y de oración interior. Su alma no parecía hallarse en la tierra y recibía a menudo consuelos celestiales. Suspiraba continuamente por el cumplimiento de la promesa y en su humildad apenas podía formular el deseo de ser la última entre las criadas de la Madre del Redentor.

Los Evangelios nos dicen también que “guardaba todo en su corazón”. María contemplaba, era humilde, pura… porque, por los méritos de su Hijo, al no tener culpa, andaba en presencia de Dios. “Aspiraba a la Redención”, nos dice Emmerick. Aspiraba a la Plenitud de los Tiempos. El Espíritu gemía en su interior, anhelando la Encarnación del Hijo de Dios. Y el Espíritu la consagró. Nos lo recuerda Francisco:

Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, que eres Virgen hecha iglesia y elegida por el santísimo Padre del cielo, a la cual consagró Él con su Santísimo Amado Hijo y el Espíritu Santo Paráclito, en la cual estuvo y está toda la plenitud de la Gracia y todo Bien.
La llama “Señora”, “Santa Reina”, “Santa Madre de Dios”, “Virgen hecha iglesia”, “elegida por el Padre”, “Consagrada con el Hijo”, “en la cual está la plenitud de la Gracia y todo Bien”. Primero la hizo iglesia – templo, lugar de culto, porque en Ella iba a vivir el Hijo y, con Él, la Trinidad -, la eligió para la Encarnación y la Consagró, la hizo Sagrada, Dedicada a Él y a su Plan de Redención. Por tanto, en Ella estuvo – y está  – toda la Plenitud de la Gracia, del Bien Total. Aquí, Francisco afirma implícitamente la Inmaculada Concepción.
Contemplemos a María hoy en la Oración, y dejémonos llenar de esa Gracia que Ella nos regala a través de su Hijo.
Pace Bene.

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