Qué nos dice Francisco hoy.

¿Qué nos puede decir Francisco a los que, por Gracia y Regalo del Espíritu, hemos sido herederos de su Carisma? ¿Qué puede decirnos a los franciscanos de hoy?

Nos cuentan las Fuentes que, estando una noche los hermanos en oración – y algunos dormidos -, entró por la puerta un carro de fuego resplandeciente y, sobre el mismo, un globo de fuego que, dando tres vueltas a la estancia, iluminó sus cuerpos y sus almas, de modo que hasta se leían mutuamente los corazones (Lm 2, 7).

Por tanto, hoy Francisco nos sigue interpelando con el mismo Carisma, con el mismo ímpetu con el que entró en aquel tugurio de Rivotorto. Resplandece con la misma claridad, siendo aún hoy, como entonces, un guía seguro hacia Cristo, un referente a seguir, una Luz que ilumina nuestras vidas de franciscanos, de cristianos.

La Renovación de nuestra vida espiritual – renovación continua, que dura toda la vida -, pasa por dejarnos guiar e iluminar por esa Luz que Francisco, decíamos, sigue irradiando, siempre que, en Cristo y desde Cristo busquemos, en la oración, ese Carisma puro, sencillo, pero a la vez clarificador y potente, que mutará, si le dejamos, nuestra forma de vivir y encarnar la vocación y, desde ahí, aspirará por sí mismo a renovar a toda la Familia Franciscana y al mundo.

Necesitamos respirar el aire puro de la Vida de Francisco, que no es otra cosa que el Evangelio encarnado, hecho vida. Esta frescura la podemos y debemos incorporar, viviendo nuestra Llamada “a la letra”, “sin glosa”, quitando las capas de polvo y hasta costras que el pecado, los malos hábitos adquiridos, los criterios humanos… hayan podido crear sobre la llamada que un día sentimos. En este sentido, hay que acordarse de que Francisco no es ajeno a nuestro día a día. Al contrario, como buen Padre, busca a sus hijos, y nos guiará – insisto, si nos dejamos -, como buscó y guió a los Compañeros de los primeros días. Hay que abrirle la puerta, desde la oración, desde la búsqueda sincera y humilde en las Fuentes, que son el abrevadero de nuestras almas, porque contienen el Evangelio mismo, intacto, incólume, lleno de Vida y de Gracia, en su más acabada expresión. “El Señor me reveló que debía vivir según la forma del Santo Evangelio”. En él, pues, a su Vida y Ejemplos, a sus Escritos, Admoniciones y Oraciones, debemos fijar la mirada. No traicionamos así, empero, al Evangelio. Al contrario, le damos Vida en nosotros, pues eso hizo Francisco: vivirlo no como una doctrina lejana y externa, sino como una Palabra que hace Real a Cristo en el alma y en el cuerpo. Y nosotros nos incorporamos, por el mismo Espíritu que nos regaló el Carisma Franciscano, a esa Experiencia de Cruz y Tabor, de sufrimientos y de consolaciones, de ir por el mundo desgastándose y de descansar el alma en la Porciúncula, de desapegarse de todo y de recibir las Llagas en el Alvernia, de mortificar este cuerpo mortal y limitado y de abrazar a la Hermana Muerte, que nos lleva al Paraíso.

Si, como en Rivotorto, le abrimos la portezuela, la Luz de Francisco iluminará nuestros corazones: hallaremos el sentido auténtico de la Fraternidad, en un solo sentir, un solo corazón; haremos realidad la Virginidad del cuerpo y del alma; gustaremos la suavidad de la Pobreza, que el mundo rechaza por áspera; sabremos, con la Gracia de Dios, reflejar esa misma Luz en los problemas y vaivenes del mundo y crisis de hoy, y en los nuestros propios; experimentaremos y transmitiremos la esperanza, concreta y no bucólica, que da sentido y plenitud a la Vida, que termina con el abrazo a la Hermana Muerte; creceremos en la Humildad; aprenderemos a detestar cada vez con más fuerza el pecado, incluso el más pequeño y venial; caminaremos con la Fe cierta y segura de quien se sabe Amado por Dios a cada momento.

“Padre, acuérdate de todos tus hijos, que, angustiados por indecibles peligros, sabes muy bien tú, santísimo, cuán de lejos siguen tus huellas. Dales fuerza, para que resistan; hazlos puros, para que resplandezcan; llénalos de alegría, para que disfruten. Impetra que se derrame sobre ellos el espíritu de gracia y de oración, para que tengan, como tú, la verdadera humildad; guarden, como tú, la pobreza; merezcan, como tú, la caridad con que amaste siempre a Cristo crucificado, quien con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén” (2 Cel 224).