Padre Pio: Iconología de una relación con Dios.

“Este es uno de esos hombres extraordinarios que Dios envía a la tierra,  de vez en cuando, para la conversión de los hombres”, dijo al Papa Benedicto XV un Obispo de Uruguay luego de visitar al padre Pío. Con esas palabras, el Prelado supo dar a la figura del fraile capuchino toda su dimensión: es la visita que Dios hace a la Humanidad en determinadas épocas, para indicarle el camino a la salvación.

 

Su vida está en multitud de libros y, aunque su paso por la creación no finaliza con su tránsito, al revés, su acción entre los hombres ha proliferado para significar el amor y la misericordia que Dios tiene por la criatura, nosotros nos apartaremos de datos y episodios biográficos, para adentrarnos en el hombre “signo de Dios”, y poder participar de esta Gloria que  ni está reservada para unos pocos, ni para después de la muerte y abandono definitivo de este mundo.

 

Es posible vivir esta relación tan íntima con Dios, aquí en la tierra,  e incluso mantener una unión constante con El, en todo momento, lugar y situación?

 

Para contestar a esta cuestión  tendremos que trasladarnos  con Pedro, Santiago y Juan al Monte Tabor y preguntarles qué sucedió allí el día que Jesús se transfiguró.  

 

El Cardenal Carlo María Martini, en las postrimerías de su peregrinación por esta tierra, a modo de epílogo de una vida entregada a profundizar la Escritura, nos dejará un libro “testamento”: LA TRANSFORMACIÓN DE CRISTO Y DEL CRISTIANO A LA LUZ DEL TABOR.

 

En el  Tabor, C M Martini,  nos participa toda su experiencia y nos deja una palabra de esperanza y de ánimo a intentar dejarnos bañar por la Luz del Tabor, y cruzar la limitación humana, para entrar en la infinitud de Dios.

 

Los ortodoxos tienen tres acontecimientos de la vida de Cristo que celebran de forma especial: El nacimiento y la Resurreción de Cristo y, entre medio, el acontecimiento místico del Tabor. Jesús abre la puerta de la “doxa”, la Gloria, para que ya nunca más se vuelva a cerrar, al contrario, con la experiencia de la Resurrección se potencia y se intensifica a grados insondables, transcendentes e infintos, que llevan al hombre -humus- a experimentar, como Francisco de Asís, que Dios es padre, madre, hermano, esposo; que  es humilde ( nadie hasta él, había identificado a Dios con la humildad ), pobre, manso, hermoso, protector, custodio, defensor, caritativo y, como dirá Francisco, ” …toda nuestra dulzura, tú eres nuestra vida eterna, grande y admirable Señor, omniporente Dios, misericordioso Salvador.

 

El P Pio, cuyo nombre era “capuchino” y su linaje, estirpe y genealogía era “franciscano”, es decir, “hijo de Francisco de Asís”, entendió, anheló y experimentó lo que era la vida de su Padre espiritual: ” Jesús en el corazón, Jesús en los labios, Jesús en los oídos, Jesús en los ojos, Jesús en las manos, Jesús presente siempre en todos sus miembros”. ( Celano, vida primera, de san Francisco,  115 ). Pues ésta era la relación que el P Pio tenía con su Hacedor, una unión tan profunda que, en ocasiones, mirando al P Pio veían al mismiso Jesús. Esta identificación le llevó a pedir y, a la vez, a ofrecerse, como dice el apóstol Pablo, Rom 12, 1 ss, como “víctima viviente, santa, agradable a Dios, que ha de ser el culto vuestro espiritual”, convirtiéndose en signo vivo y vivificante del mismo Jesucristo entre nosotros.

 

Esta  identificación e intimidad con Jesús le llevaban a desear con pasión,  amor y entrega absoluta, la  redención de  las almas y, para ello, vivía su vocación co-redentora las veinticuatro horas del día. De forma especial, primeramente,  la vivía  en el confesionario ( hasta18 horas confesando ), en el cual se derramaban toda clase de gracias sobre los penitentes: conversiones, milagros, curaciones, etc ; y, en  él,  brillaban todos los carismas de nuestro señor: conocimiento, sabiduría, profecía, penetración de consciencias, curaciones, milagros, glosolalia, xenoglosia, etc. ; y en segundo lugar, donde se puede afirmar que alcanzó la máxima identificación con Cristo y la fusión de su corazón con el de Jesús, fue en la celebración de la santa Misa. En la celebración de la Eucarístia, el P Pio, vivía una verdadera y absoluta “mistagogia”, y se incorporaba místicamente a la vida de Jesús, ” ad forma Jesus”, recorriendo el mismo camino que su Maestro: El Huerto de los Oivos, su prendimiento, el recorrido por las calles de Jerusalén y su entrevista con Anás y Caifás, su encuento con Pilatos. Su ofrecimiento co-redentor y los latigazos y la coronación de espinas; llegando al momento álgido en el cual, él encima del mismo Altar, que es Cristo, siendo Sacerdote, y a la vez víctima,  era crucificado, místicamente con Jesús, y derramaba su sangre no por todas las almas sino por toda la creación, (Rom 8, 18-22). En su la celebración de la santa Misa, el P Pío revivía una auténtica Pasión, Muerte y Resurreción con Nuestro Señor.  En una ocasión, un sacerdote, hijo espiritual suyo, le preguntó si a él le bajaba de la cruz la Santísima Virgen, como hizo con Su Hijo,  y él contesto: “A mi me coge de la cruz y me deposita en el suelo, el Padre San Francisco”. Impresionante manifestación de este gran místico no de este tiempo sino de la Iglesia universal.  

 

Qué podemos aprender y meditar sobre él todos nosotros?

 

Creo que los sacerdotes y consagrados, pueden y deben ver en él a un verdadero “Testigo”, enviado por el Cielo, para que acojan su vida como verdadera ( aleteia )  enseñanza y  un testimonio de cómo Cristo quiere que vivan su ministerio o consagración; y, para el resto de los fieles, es la seguridad de que no estamos solos y  nos sintamos, primero, acompañados en nuestro peregrinar por este mundo;  y, en segundo lugar,  para que aprendamos que nosotros también estamos llamados a esta identificación con Jesús pues, con nuestro bautismo, somo sacerdotes,  profetas y reyes; y el Apóstol también nos invita a nuestro ofrecimiento ( Rom 12, 1 ss ), pero sin olvidar que, también para nosotros, la puerta del Tabor sigue abierta para bañarnos en su Luz vivificadora, estimulante, esperanzadora y sanadora de todos los males.  

 

Leone.

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