La Santísima Trinidad

*El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana (Catecismo de la Iglesia Católica).

“Toda la historia de la Salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela a los hombres, los aparta del pecado y los reconcilia y une consigo (Sagrada congregación para el Clero).

“Por medio de las misiones divinas del Hijo y del Espíritu Santo, Dios Padre realiza su “designio amoroso” de creación, de redención y de santificación” (C.I.C.).

“Dios es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura” (C.I.C).

“La Iglesia reconoce así al Padre como la “fuente  y el origen de toda la divinidad”. Sin embargo el origen eterno del Espíritu Santo está en conexión con el del Hijo: “El Espíritu Santo, que es la tercera persona de la Trinidad, es Dios, uno igual al Padre y al Hijo, de la misma sustancia y también de la misma naturaleza”. Es el Espíritu del Padre y del Hijo” (C.I.C).

“El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado y el Espíritu Santo es quien procede” (C.I.C).

“Son sobre todo, las misiones divinas de la Encarnación del Hijo y el don del Espíritu Santo las que manifiestan las propiedades de las personas divinas” (C.I.C.).

“El fin último de toda la economía divina es la entrada de las criaturas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad. Pero desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad” (C.I.C.).Es un Misterio muy grande éste de la Santísima Trinidad, pero algo, por su infinita bondad y misericordia se nos ha dado conocer, gracias a la Encarnación de Dios Hijo que nos habló de cómo el Padre ama a la humanidad y cuaá es su proyecto de salvación para poder recuperar la comunión rota por el pecado original.

Cuando el Hijo vuelve al seno del Padre y es enviado Dios Espíritu Santo, éste es el que va a completar la obra del Padre tratando de guiar a  cada miembro de la Iglesia hasta la plenitud del conocimiento de Dios y a la participación aquí ya en la tierra de la comunión de la Santísima Trinidad.

Resaltaría como meta e ideal para nosotros pecadores, la comunicación de amor entre las tres divinas Personas.  El Padre y el Hijo se aman infinitamente y “hasta el extremo”, continuamente el uno al otro se están dando en su totalidad, y esta entrega de amor es lo que conocemos como Dios Espíritu Santo, que es el que en Pentecostés se nos da a nosotros.

Dios Hijo con su Resurrección y Ascensión gloriosa a los cielos después de su acerbísima Pasión, llevó consigo a toda la humanidad, la cual había quedado redimida y desde esa humanidad es como ahora ama a Dios Padre; de manera que Dios Padre comunica su Espíritu Santo a Dios Hijo en nuestra humanidad y Dios Hijo desde nuestra humanidad comunica su Espíritu Santo a Dios Padre. Por eso se nos da a nosotros el Espíritu Santo (2 Co 1,22).

En lo que podemos conocer de cómo se comunican las tres Personas divinas, tenemos el ideal de cómo tienen que ser las relaciones en nuestras comunidades humanas, es decir, en la familia y entre las personas que no se casan y dedican su vida al servicio de Dios, ya sea en vida comunitaria o no. Este ideal es el de vivir en una entrega de amor incondicional, puro y libre de todo egoísmo al otro, olvidándose de sí mismo y buscando su felicidad. Este es el ideal que nuestro Padre San Francisco quería para sus hermanos cuando dice en la regla (1R9,10-11): ”Y manifiéstense confiadamente el uno al otro su propia necesidad, para que le encuentre lo necesario y se lo proporcione. Y cada uno ame y nutra a su hermano como la madre ama y nutre a su hijo, en las cosas para las que Dios le diere la gracia”.

Esto es difícil para nosotros que somos de barro, pero no imposible, porque de lo contrario Jesús no nos lo habría dejado como mandamiento: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que  como yo os he amado así os améis también los unos a los otros” (Jn13,34).

Sólo es posible desde una vida de oración constante en la que Dios viene a darnos esa capacidad. En la medida que nos abrimos a la voluntad de querer vivir este ideal, nuestro alrededor y por ende el mundo, empiezan a cambiar.

Para mayor gloria de Dios. Amén.

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