El Amor de Dios.

No me explayaré mucho hablando de la Solemnidad que celebramos hoy del Sagrado Corazón de Jesús, puesto que, por sí misma, no hace sino recordarnos el Infinito Amor que, desde siempre, nos ha tenido y nos tiene Dios.

Ya desde antes de la Creación, fuimos amados: “Un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas” (Gn 1, 2). Y ese viento, ese hálito, ese Espíritu Divino, nos creó, se desbordó el Amor que ya existía y configuraba, desde siempre, la Trinidad: “Porque me has amado antes de la fundación del mundo” (Jn 17, 24).

Este Amor que nos trajo a la existencia y nos dió luz, una tierra, agua, animales, plantas, frutos y, sobre todo, la libertad incluso de rechazarlo, ha permanecido inconmovible y a prueba de infidelidades hasta el día de hoy: “Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo” (Jn 5, 17). Es un Amor constante, creador, que nos sostiene y nos alimenta. Sostuvo al Pueblo de Israel a pesar de sus infidelidades, quejas, pecados e idolatrías. Lo sacó de Egipto, lo guió por el desierto y, a través de profetas y jueces, lo guió por el camino recto. No tuvo en cuenta sus desvíos, sino que lo perdonó siempre, recreando la Alianza que le había dado. Sólo cuando el Pueblo se obstinaba en apartarse, tenía que apartarse Dios y dejarlo caer, mostrando así que respetaba su libertad, porque lo amaba.

Pero el Amor se hizo Carne, Palabra concreta, cuando envió a su Hijo, el cual nos participó, desde su Nacimiento hasta la Resurrección, la Gloria que tenía: “Yo les he dado la gloria que tú me diste” (Jn 17, 22); “el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado” (Jn 1, 18). Nos redimió, perdonó nuestros pecados de una vez para siempre muriendo por Amor, para salvarnos de una eternidad sin Dios.

Pasó haciendo milagros, curando, predicando, expulsando demonios, isntaurando, en definitiva, el Reino, que el Don por Excelencia, el Espíritu Santo – Paráclito – va construyendo en nuestros corazones. Nos dio así los Sacramentos, su propio Cuerpo y Sangre, la oración, la posibilidad de hacer obras mayores que las que Él hizo… A nosotros, pobres creaturas, nos ha dado tanto, que podemos y debemos entender que el Amor es la Donación de uno mismo, como así lo atestiguan las Escrituras: “y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido” (Jn 19, 34-35) y los santos: Francisco siempre estaba meditando la Encarnación y la Pasión, sacando de ahí la propia donación de sí mismo.

Es la de hoy una Fiesta para ser agradecidos y alabar al Padre.

Pace Bene.

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