Pentecostés

Hoy es Pentecostés, hoy se derramó el Espíritu Santo por primera vez sobre los apóstoles, Maria Santísima y un grupo grande de discípulos.  Pero me gustaría hacer un breve recorrido hacia atrás, porque en muy poco tiempo estos primeros discípulos vivieron muchas y grandes cosas.

Después de convivir durante tres años con Jesús y verle hacer y decir muchas cosas, la noche antes de ser entregado instituyó la Eucaristía, luego le vieron desfigurado por el miedo y el dolor en Getsemaní. Juzgado injustamente, torturado cruelmente, clavado en una cruz, enterrado en un sepulcro. Al tercer día resucitó y durante cuarenta días se les estuvo apareciendo, hablándoles del Reino, dándoles instrucciones. Antes de ascender al Cielo les prometió el Espíritu Santo, el cual les haría comprender todo lo que con Él habían visto y oído. A los diez días llegó el turno de la tercera persona de la Santísima Trinidad, Dios Espíritu Santo que venía a acompañar a la Iglesia hasta el final de los tiempos.

Hoy con la venida del Espíritu Santo acaba el tiempo de Pascua, pero empieza el tiempo del Espíritu Santo, es el tiempo de la misión, es el tiempo de anunciar a todas las gentes “lo que hemos visto y oído”. Esta salvación que nos ha traído Jesús no es sólo para nosotros, Dios quiere que “todos los hombres se salven y lleguen a la plenitud del conocimiento”. Es por esto que recibimos el Espíritu Santo.

Pentecostés se actualiza cada año, pero debemos pedirle que venga a nuestras vidas, que penetre hasta lo más profundo, que nos purifique con su fuego, que nos renueve, que nos transforme a fin de que podamos llevar adelante la misión que Jesús nos encomendó a toda la Iglesia.

Digo debemos pedirlo porque Él respeta nuestro libre albedrío y no violenta nuestra voluntad, aunque podría, porque quiere que aceptemos su Plan de Salvación libremente y es necesario que de nuestra parte nos preparemos con ayuno, oración y penitencia a fin de ir liberándonos de todo el lastre de este mundo para poder entrar en sintonía con la dimensión espiritual en la que Dios espera para colmarnos con su amor y gracia.

Esta promesa, hermanos, es para todos los que se acojan a la Salvación que nos ha traído Jesús con su muerte en la Cruz.

Jesús en el Evangelio de esta semana se aparece en medio de sus discípulos, les saluda “la paz con vosotros”, Shalom en arameo, que significa “la plenitud de Dios con vosotros”. Les muestra las heridas, ahora gloriosas, de su obediencia al Padre, les encomienda la misión y les da el Espíritu Santo.

Este momento glorioso lo vivimos en cada Eucaristía cuando el sacerdote eleva el cuerpo de Cristo y dice: “Este es el Cordero de Dios”. En ese momento es Jesús Resucitado, que nos muestra sus llagas gloriosas y al recibirlo dignamente dentro de nuestro cuerpo, recibimos ese “Shalom”, esa plenitud de Dios que nos da la fuerza para nuestra obediencia al Padre y para la misión que cada uno en nuestro estado de vida tenemos. 

Debemos despertar y acoger esta salvación que nos ofrece Jesús por medio de su Espíritu Santo. El tiempo se acaba, se acercan días en que “quedarán al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2,35), de todos los corazones. Aún estamos en el tiempo de la misericordia, ¡cristianos! Despertad ya del sueño, fuera de Dios no hay vida, ¿es que no vemos hacia donde se encamina nuestra sociedad sin Dios?

CONSAGRACIÓN AL ESPIRITU SANTO
Recibid ¡oh Espíritu Santo!, la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, que os hago en este día para que os dignéis ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones, mi director, mi luz, mi guía, mi fuerza, y todo el amor de mi corazón.

Yo me abandono sin reservas a vuestras divinas operaciones, y quiero ser siempre dócil a vuestras santas inspiraciones.
¡Oh Santo Espíritu! Dignaos formarme con María y en María, según el modelo de vuestro amado Jesús. Gloria al Padre Creador. Gloria al Hijo Redentor. Gloria al Espíritu Santo Santificador. Amén.

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