Lectura del santo evangelio según san Juan (15,1-8)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

Cristo es el Centro y corazón de la creación, así como la Cabeza de su Cuerpo Místico, la Iglesia, al que todos pertenecemos. En la medida en que nosotros, a través de los sacramentos, nos vamos incorporando a su Cuerpo y permanecemos en Él, nos identificamos más con Jesús resucitado.

A través del sacramento del Bautismo, la criatura, se incorpora y es bendecida con los dones del Espíritu Santo y se incorpora al cuerpo de Cristo, cuya cabeza es Él, el corazón es el Espíritu Santo y nosotros sus extremidades. En la Confirmación, como acto voluntario y expresión de nuestra fe, nosotros Ratificamos nuestra filiación y somos ungidos con el óleo santo: …” El que nos ungió y el que nos marcó con su sello y nos dió en arras el Espíritu en nuestros corazones”.  Según el Concilio Vaticano II, los dones recibidos en el Bautismo, nos son ratificados y reforzados en la Confirmación. Todo es que Jesucristo nos proporciona, como dice el Evangelio de hoy, es para nuestro crecimiento espiritual y para dar más fruto dentro del Cuerpo Místico de Cristo, ya que, como parte que somos de Él, éste será sano y su funcionamiento perfecto, en la medida que sus miembros estén sanos y den fruto.

La Eucaristía, que es verdadero  alimento del Cristiano, y prefiguración del alimento eterno, nos proporciona la verdadera Sangre de Cristo y el Verdadero Amor, que son el alimento y la vida del creyente. Por esto Jesús dice que, si no participamos de Él y no permanecemos en Él, seremos como los sarmientos que no dan fruto, que son arrancados y se secan.

Si queremos permanecer en Él, tendremos que acercarnos lo máximo posible a los Sacramentos y participar de la Eucaristía asiduamente, para que el Amor de Cristo – el E. S. – se convierta en verdadera savia y sangre nuestra y así dar el fruto que Dios, desde la eternidad, ha predestinado, en Cristo,  para nosotros.

En alabanza de Cristo. Amén.

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