La Ascensión

Toda la Creación tiene los ojos puestos en Jesús que, desde el Monte de los Olivos, lo miramos ascender a los cielos. Llenos de tristeza, por su partida, parece que algo de nuestras propias entrañas se va desgarrando de nosotros mismos, a medida de lo vemos alejarse en las alturas.

Miramos y ya lo vemos nublado, como dice Sor Mª Jesús de Agreda, a través  de una visión o velo caliginoso y, los ángeles, nos recuerdan que Cristo no nos deja y estará con nosotros hasta el fin del mundo.

Que “tardos” estamos en el entendimiento ¿verdad? Cristo, desposado y unido en verdadero matrimonio místico con su esposa, La Iglesia, engendrará la Eucaristía, la cual nos aportará dos Gracias principalísimas: Una, primordial, el alimento de vida eterna; la otra, la presencia constante de Él, hasta el final del mundo.

A la vez, gracias a su partida, El nos entregará al “parakletos”, el Consolador, el Espíritu de la Verdad, el cual “os dirá todo sobre Mí”.

Todo bautizado y confirmado ha recibido los dones del Espíritu Santo y, una vez incorporado a Cristo y confirmado en Él, ya somos Sacerdotes, Profetas y Reyes. Este sacerdocio real nos permite unirnos al Sacerdocio Ministerial y Ofrecer a Cristo y, a la vez, como dice Pablo en Romanos 12,1, ser ofrecidos y ser  verdaderos holocaustos y víctimas propiciatorias del Señor.

Este “misterion” es lo que hacer que, Cristo resucitado, no nos haya abandonado sino que esté siempre, hasta el final del mundo, con nosotros.

Alabado sea el Señor.

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