6º Domingo de Pascua

Estamos en tiempo de Pascua, Jesús ha resucitado y aún no ha ascendido al cielo, aún no ha subido al Padre y es tiempo de buscarle, de llamarle, de esperarle, para que como con los Discípulos de Emaús, El vaya caminando con nosotros, o como con los Apóstoles, Él se haga presente en medio de nosotros; o como con Santo Tomás, nos llame por nuestro nombre y coja nuestra mano para que pongamos nuestros dedos en sus llagas y dejemos de ser incredulos.

No somos nosotros diferentes a los Apostoles, no somos diferentes a los primeros Cristianos, no somos diferentes a los Santos que nos han precedido. Ellos, al igual que nosotros, eran débiles y pecadores, pero creyeron en las palabras de Jesús, creyeron que Jesús siempre cumple sus promesas. Creyeron en El y Jesús les cambió la vida.

El evangelio de hoy es un encuentro con Jesús, nos habla a nosotros personalmente. El es el mismo ayer, hoy y siempre, por lo que su Palabra está viva y permanece para siempre.

Jesús nos llama amigos, nos llama amados. El mismo amor que hay en la Santísima Trinidad, con ese mismo amor que hay entre el Padre y el Hijo, así nos ama Dios a cada uno de nosotros. Y Jesús nos pide, porque nos ama, que permanezcamos en ese amor. El necesita que nosotros, con nuestra libertad, optemos por el Amor, que libremente le amemos con su amor. El desea apasionadamente amarnos y que le amemos.

El nos conoce, sabe que nos sentimos pequeños y débiles, que podemos estar tentados a pensar que no merecemos amor tan grande, ser amados por Dios, por el Amor. Tanta es su Misericordia y es tan grande su Amor por cada uno que nos muestra el camino para permanecer siempre en El: “Si guardais mis mandamientos, permanecereis en mi amor”, “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”. “Esto os mando: Que os ameis los unos a los otros” “No hay mayor amor que el que da la vida”.

Hoy Jesús me está diciendo, al igual que le dijo a Santo Tomas, “no seas incredulo, sino creyente”, cree en mi Palabra.

Si los Cristianos creyéramos verdaderamente en la Palabra de Jesús nuestras vidas cambiarian, el mundo cambiaría. Si los Cristianos creyeramos verdaderamente en el Evangelio y en que Jesús siempre cumple sus promesas la Iglesia viviría un nuevo Pentecostés. El Espíritu Santo se derramaría al igual que hizo con los Apostoles o los primeros Cristianos.

Jesús nos dice en el Evangelio de hoy “Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”. Cada uno de nosotros sabe de cuantas maneras y formas busca la felicidad. Todos buscamos ser felices y cuantos errores cometemos buscando la felicidad! Cuantas heridas, cuantos sufrimientos, cuanto vacío puede llegar a sentir un corazón. Dios quiere que seamos felices, pero solo si permanecemos en El nuestra alegría llegará a ser verdadera y plena, porque estará en el alma, la sentiremos en nuestro corazón, y no dependerá de las cosas materiales, ni de las circunstancias, ni del exíto, ni del reconocimiento, sino de seniros plenamente Amados, y cuando una persona vive este Amor, siente y experimenta el AMOR DE DIOS, todo lo demás es pequeño e insignificante, hasta tal punto que nada ni nadie puede robale el AMOR, porque ha encontrado el verdadero tesoro y no lo deja escapar por nada.

¿Cómo no podría cambiar el mundo un ejercito de “AMADOS”? Tenemos ejemplos muy recientes, el P. Pío, el Beato Juan Pablo II, la beata Teresa de Calcuta… Ellos han cambiado nuestro mundo y lo han hecho un mundo mejor, nos han demostrado que Jesús puede cambiar nuestras vidas y que puede cambiar el mundo. Ellos han dado fruto y un futo abundante que permanece y fructifica cada día más.

Jesús nos dice “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.” ¿Nos creemos las palabras de Jesús? Ahora nos toca a nosotros responder. Los Santos nos han mostrado el camino y nos han demostrado que Jesús no nos miente, que su Palabra está viva y permanece, que podemos ser verdaderamente felices y que lo que verdaderamente vale la pena es ENCONTRAR EL AMOR Y PERMANECER EN EL.

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