La Ascensión

Toda la Creación tiene los ojos puestos en Jesús que, desde el Monte de los Olivos, lo miramos ascender a los cielos. Llenos de tristeza, por su partida, parece que algo de nuestras propias entrañas se va desgarrando de nosotros mismos, a medida de lo vemos alejarse en las alturas.

Miramos y ya lo vemos nublado, como dice Sor Mª Jesús de Agreda, a través  de una visión o velo caliginoso y, los ángeles, nos recuerdan que Cristo no nos deja y estará con nosotros hasta el fin del mundo.

Que “tardos” estamos en el entendimiento ¿verdad? Cristo, desposado y unido en verdadero matrimonio místico con su esposa, La Iglesia, engendrará la Eucaristía, la cual nos aportará dos Gracias principalísimas: Una, primordial, el alimento de vida eterna; la otra, la presencia constante de Él, hasta el final del mundo.

A la vez, gracias a su partida, El nos entregará al “parakletos”, el Consolador, el Espíritu de la Verdad, el cual “os dirá todo sobre Mí”.

Todo bautizado y confirmado ha recibido los dones del Espíritu Santo y, una vez incorporado a Cristo y confirmado en Él, ya somos Sacerdotes, Profetas y Reyes. Este sacerdocio real nos permite unirnos al Sacerdocio Ministerial y Ofrecer a Cristo y, a la vez, como dice Pablo en Romanos 12,1, ser ofrecidos y ser  verdaderos holocaustos y víctimas propiciatorias del Señor.

Este “misterion” es lo que hacer que, Cristo resucitado, no nos haya abandonado sino que esté siempre, hasta el final del mundo, con nosotros.

Alabado sea el Señor.

6º Domingo de Pascua

Estamos en tiempo de Pascua, Jesús ha resucitado y aún no ha ascendido al cielo, aún no ha subido al Padre y es tiempo de buscarle, de llamarle, de esperarle, para que como con los Discípulos de Emaús, El vaya caminando con nosotros, o como con los Apóstoles, Él se haga presente en medio de nosotros; o como con Santo Tomás, nos llame por nuestro nombre y coja nuestra mano para que pongamos nuestros dedos en sus llagas y dejemos de ser incredulos. Sigue leyendo 6º Domingo de Pascua

Lectura del santo evangelio según san Juan (15,1-8)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos». Sigue leyendo Lectura del santo evangelio según san Juan (15,1-8)