Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo…

El episodio del lavatorio de pies es propio del cuarto evangelio. De los hechos ocurridos en la última cena, la institución de la Eucaristía, la manducación de la Pascua. El primer versículo es como el anuncio solemne de las delicadísimas pruebas de amor que dio Jesús a sus discípulos durante la cena y el lavatorio de pies “el día antes de la pascua, sabiendo Jesús que era llegada la hora de pasar de este mundo al Padre…” La Pascua significa paso-tránsito, ha llegado la hora del tránsito de Jesús, que es la verdadera Pascua. Jesús había amado a los suyos con especial predilección, por esto el Señor habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, que no debían acompañarle todavía en este paso, los amó hasta el fin, es decir, hasta el colmo del perfectísimo amor.

La primera prueba de amor que les da es el lavarles los pies, y acabada la cena y por consiguiente antes de la institución de la Eucaristía, que lo fue después de cenar, “como el diablo hubiese sugerido en el corazón de judas el designio de entregarle”, este es un detalle que avalora el acto de amor que va a realizar Jesús, no le detiene el hecho que haya entre sus apóstoles quien se ha dejado sugerir por Satanás la venta de su Maestro. Otro detalle de la conciencia Jesús de infinita grandeza, a pesar de la cual va a practicar un acto de humildad profunda. “Sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos”. Él sabe que procede del Padre por generación eterna, como Dios que es, y que ha venido al mundo por la Encarnación, como sabe la suprema exaltación que recibirá cuando vaya a sentarse a la diestra del Padre, cumplida su obra: “Y que de Dios había salido y a Dios iba”.

 A pesar de todo ello se levantó de la cena, se quitó sus vestiduras, el turbante con su velo y el palio, “tomando una toalla se la ciñó, echa después agua en un lebrillo y comienza a lavar los pies a los discípulos y a limpiarlos con la toalla con que estaba ceñido” la descripción es sobria, justa y gráfica como testigo presencial.

 “Y vosotros limpios estáis”, tenéis la limpieza necesaria para el ejercicio de vuestro ministerio y para recibir la Eucaristía, en cuanto estáis limpios del pecado mortal. Somos totalmente lavados, hasta de los pies por el bautismo, pero el trato de las cosas humanas hace que se nos pegue la miseria humana por donde la tocamos, que es por la parte inferior de la vida, que son los pies del cuerpo. Nadie  hay que en este sentido no necesite ser lavado porque si dijéramos que no tenemos pecado nos engañamos a nosotros mismos y no estamos en la verdad. Si confesamos nuestros pecados, el que lavó los pies de los discípulos lavará también nuestros pies, que son los pecados y los afectos terrenales.

Paz y bien. Feliz Pascua.

 Bernardo da Quintavalle.

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