Tanto amó Dios al Mundo.

La conversación de Jesús con Nicodemo es trascendental para descubrir el orden de la redención, es la primera el hecho futuro del sacrificio de Jesús, sobre la que será levantado el hijo del hombre a la hora de su muerte. Los frutos de la Redención por la muerte de Cristo, de valor infinito, no aprovechan a los que no creen en Él, en cambio son vida eterna para los creyentes. “Para que todo aquel que cree en Él no perezca sino que tenga vida eterna.”

Revela la causa primera de la Redención por Cristo que es el amor de Dios, tan grande como los frutos de la redención misma:Porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a su hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él no perezca sino que tenga vida eterna. Cada una de las palabras de este versículo demuestra el amor tan grande que nos tiene Dios, es Dios infinito quien ama al hombre miserable con todas sus imperfecciones y con todas sus infidelidades, y le ama de tal manera que le entrega, no  a un hijo cualquiera, sino al Único, consustancial con Él, y todo ello no para salvar al hombre de la muerte espiritual, ya condenada por si misma por sus actos egoístas, sino para darle la oportunidad de disfrutar, vivir y hacer participe de la misma vida de Dios en el cielo eterno.

Finaliza Jesús ponderando este amor revelando esta verdad: Porque no envió Dios a su hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.

Con todo ello los frutos de la redención no son independientes de la voluntad del hombre, es preciso creer en el nombre y en la obra de Jesús como condición para lograrlos, quien cree en Él no es juzgado porque es liberado de la sentencia antigua de la condenación pasando de la muerte a la vida espiritual, mas el que no cree y está juzgado, es decir permanece bajo la sentencia primera, el pecado de Adán. Por ello no es necesario que sea condenado, él mismo se ha sentenciado porque no cree en el nombre del Unigénito Hijo de Dios. Esta sentencia, este camino escogido, tiene un nombre como único culpable, que es el mismo hombre porque no ha querido recibir la luz del hijo de Dios, que es la fe, la conversión, el girar la faz y ver la vida en clave espiritual, disfrutado en Dios, ya sea resistiendo a las llamadas interiores, ya a la predicación, prefiriendo permanecer en las tinieblas de la incredulidad. La razón de este hecho es la corrupción del corazón, las costumbres pervertidas, que han sido siempre el mayor obstáculo que ha tenido la fe, por ende el hombre: Porque sus obras eran malas.

Por todo ello y de forma conclusiva cierro el comentario al evangelio de este IV domingo de cuaresma con el salmo 136 que corresponde al día de hoy: “Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti.”

Que el Señor nos bendiga y nos guarde.

Bernardo da Quintavalle.

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