El Verdadero Santuario

En el pasaje de hoy vemos cómo Jesús se revela como el verdadero Santuario, aquél en el que todo culto debe ser puro, auténtico, “en espíritu y en verdad” (Jn 4, 23-24).La ocasión propicia es la Pascua de los Judíos. Aquí Jesús va a hacer una doble Revelación:

1. La casa de su Padre es su propia casa, su propio santuario. “El celo por tu casa me devorará”, recuerdan, inspirados por el Espíritu, sus discípulos. El templo, es más, el Santuario – el Sancta Sanctorum -, la Morada de Dios, tras la cortina, debe ser un lugar de culto y adoración. La idolatría, el mercadeo… se habían introducido en él y Jesús, no llevado por una “ira santa” como se suele decir sino por el Celo Santo, que es muy diferente, los echa a todos con un látigo.  El látigo aparece pocas veces en la Biblia (Prov 26, 3; Eclo. 23, 2.11; 26, 6; 28, 17; 39, 28; Lam 3, 1; Nahum 3, 2) como sinónimo de  la disciplina y la reprensión de Dios hacia los pecados y desvíos del hombre. Es una muestra pues, por parte de Jesús, de Autoridad Divina. Por eso le preguntan qué signo da para actuar así.

2. Aquí es donde Jesús se revela completamente, aunque no lo entenderán hasta que resucite. No habla del Templo, sino del Santuario, y se define como tal a sí mismo: “Destruid este santuario y en tres días lo levantaré”: crucificadme, y resucitaré. Este es mi Signo: que “tengo poder para darla (la vida) y poder para recobrarla de nuevo” (Jn 10, 18). Los judíos, anclados en sus tradiciones y negando que Él sea el Mesías, creen que se refiere al Templo mismo. Sólo cuando resucite, los discípulos creerán “en la Escritura y en las Palabras que había dicho Jesús”: creerán (Acto de Fe) y entenderán que todo el AT se refiere a Él, y que sus Palabras son Verdaderas, puesto que es el Mesías, el Hijo de Dios, y Dios mismo Revelado.

Jesús se queda en Jerusalén por la Pascua realizando signos. Es la forma de ser y de existir Jesús: los signos, es decir, revelando su Gloria, revelando el Reino de los Cielos, haciéndolo transparente y presente aquí, en la Tierra, en el tiempo y espacio a los que estamos sujetos, incoando una forma de existencia que será plena sólo cuando seamos llamados a la presencia de la Trinidad, pero que aquí ya podemos y debemos empezar a vivir, no quedándonos en los signos como tales (porque Jesús no se nos confiará) sino acogiéndolos y haciéndolos fructificar.

Jesús, pues, purifica el Templo, para que podamos entender cuál es el verdadero Santuario: Él mismo, en quien reside la Plenitud de la Vida. Purifica también la Pascua de los Judíos, para que entiendan que el culto a Dios no se puede malinterpretar, haciéndolo instrumento de lucro, sino que el Sacrificio debe ser puro, sin mancha, como lo fue la Primera y Verdadera Pascua, y lo será la nueva, la suya propia. Por tanto, Jesús establece una tensión entre la Pascua Judía y la Nueva Pascua que vendrá cuando Él resucite, y el Santuario deje de estar tras la cortina, para ser su Cuerpo. Debemos acoger la enseñanza de Jesús, y hacer como Francisco nos exhorta:

«Oh, cuán dichosos y benditos son los que aman a Dios y obran como dice el Señor mismo en el Evangelio: Amarás al Señor tu Dios, con todo el corazón y con toda la mente, y a tu prójimo como a ti mismo. Amemos, pues, a Dios y adorémosle con puro corazón y mente pura porque esto es lo que sobre todo desea cuando dice: Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad. Porque todos los que lo adoran, es preciso que lo adoren en espíritu de verdad. Y dirijámosle alabanzas y oraciones día y noche, diciendo: Padre nuestro que estás en el cielo, porque es preciso que oremos siempre y no desfallezcamos» (2CtaF 18-21).

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