V Domingo de Cuaresma

En este V Domingo de Cuaresma, el Evangelio nos habla de la gran Alianza que Dios quiere hacer con nosotros y va a pasar por la muerte de Su Hijo en la cruz.

Dios nos quiere tanto que nos entrega a su propio Hijo. ” Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, seguirá siendo un sólo grano, pero si muere dará fruto abundante”. Jesús será el grano de trigo que, muriendo, dará mucho fruto.

Jesús tiene esperanza y confianza en Dios, y aprende a ser fiel a la Alianza obedeciendo, escuchando y suplicando. El nos muestra el camino y nos enseña que nuestra fidelidad está sometida a procesos de muerte. La cruz por sí misma, la muerte por sí misma, no tiene ningùn sentido, pero Jesús le da un sentido completo ya que entregando Su Vida acepta el plan amoroso del Padre.

El hombre entregado y sacrificado ha sido glorificado por Dios.

Nos envía al  Espíritu para que podamos contar con El a pesar de nuestra fragiliadad y nuestro pecado.

Jesús muere por nosotros en silencio, perdonando y amando y nosotros debemos morir a nosotros mismos amando y perdonando a los demás.

La grandeza del Cristiano es que sabemos que podemos contar con Dios para cualquier cosa que ocurra en nuestra vida y que con El podemos superarlo todo.

Como decía  nuestro padre San Francisco:  “Pon tu confianza en el Señor que el te sostendrá”.

Paz y Bien.

M José.

San José

De los sermones de san Bernardino de Siena, presbítero

(Sermón 2, sobre san José: Opera omnia 7, 16. 27-30)

Protector y custodio fiel.

La norma general que regula la concesión de gracias singulares a una criatura racional determinada es la de que, cuando la gracia divina elige a alguien para un oficio singular o para ponerle en un estado preferente, le concede todos aquellos carismas que son necesarios para el ministerio que dicha persona ha de desempeñar.

Esta norma se ha verificado de un modo excelente en San José, que hizo las veces de padre de nuestro Señor Jesucristo y que fue verdadero esposo de la Reina del universo y Señora de los ángeles. José fue elegido por el eterno Padre como protector y custodio fiel de sus principales tesoros, esto es, de su Hijo y de su Esposa, y cumplió su oficio con insobornable fidelidad. Por eso le dice el Señor: “Eres un empleado fiel y cumplidor; pasa al banquete de tu Señor”.

Si relacionamos a José con la Iglesia universal de Cristo, ¿no es este el hombre privilegiado y providencial, por medio del cual la entrada de Cristo en el mundo se desarrolló de una manera ordenada y sin escándalos? Si es verdad que la Iglesia entera es deudora a la Virgen Madre por cuyo medio recibió a Cristo, después de María es san José a quien debe un agradecimiento y una veneración singular.

José viene a ser el broche del antiguo Testamento, broche en el que fructifica la promesa hecha a los patriarcas y los profetas. Sólo él poseyó de una manera corporal lo que para ellos había sido mera promesa.

No cabe duda de que Cristo no sólo no se ha desdicho de la familiaridad y respeto que tuvo con él durante su vida mortal como si fuera su padre, sino que la habrá completado y perfeccionado en el cielo.

Por eso, también con razón, se dice más adelante: Pasa al banquete de tu Señor. Aun cuando el gozo significado por este banquete es el que entra en el corazón del hombre, el Señor prefirió decir: “Pasa al banquete”, a fin de insinuar místicamente que dicho gozo no es puramente interior, sino que circunda y absorbe por doquier al bienaventurado, como sumergiéndole en el abismo infinito de Dios.

Acuérdate de nosotros, bienaventurado José, e intercede con tu oración ante aquél que pasaba por hijo tuyo; intercede también por nosotros ante la Virgen, tu esposa, madre de aquel que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

La Transfiguración en el Tabor

La Transfiguración es un acontecimiento, en la vida de Jesús, que le prepara para el Calvario. En el Tabor, la montaña, lugar de encuentro con Dios para el pueblo judio. Jesús se lleva con Él a Pedro, Santiago y Juan, tres discípulos a los que Jesús había mirado y ellos se habían dejado penetrar y enamorar. Uno, Pedro, será la ” piedra angular” de la Iglesia, la “exousia”, la Autoridad; el segundo, Santiago, el primer apóstol mártir, que quiere decir, “testigo de sangre”, y este martirio lo fue por proclamar la fe en Jesús de Nazaret; y el tercero, Juan, el discípulo amado,  tuvo y recogió en su persona una autoridad distinta de la de Pedro, “exousia”, para ser el discípulo que representaba el poder, “agapao”, del Amor. La Comunidad Joánica era la que se reunía en torno a un mismo espíritu, Unicidad, en el Amor derramdo por Jesús en el corazón de Juan. Sigue leyendo La Transfiguración en el Tabor