El proceso de sanación.

En la escena del Evangelio de hoy vemos cómo Jesús cura a un paralítico de su dolencia. Sin embargo, no podemos verlo a simple vista, como un hecho aislado aunque muy fuerte en la vida de este hombre: es, en realidad, un itinerario espiritual.

Primero vemos que el paralítico, como tal, es llevado ante Jesús. Como no podían presentarlo ante Él por el gentío, le bajan por el techo. La Fe de los cuatro porteadores es tan grande que no se detiene ante los obstáculos, y pone al enfermo ante Jesús de la forma más audaz que se podía concebir en ese momento. Esta acción es un claro ejercicio de intercesión: ponen al enfermo ante Jesús, mediando como mejor podían hacerlo: cargando con él y presentándolo a Jesús: compasión, pobreza, unión con Jesús. Además, una Fe carismática, que pide con la convicción de que se obtendrá lo que se pide, de manera que el cómo lo piden obra el milagro: “Viendo Jesús la Fe de ellos, dice al paralítico: <<Hijo, tus pecados te son pedonados>>” (Mc 2, 5).

En segundo lugar, podemos apreciar que Jesús no cura al paralítico y ya está: primero le perdona los pecados. En el Salmo 50 podemos entender lo que significa el Perdón de los pecados: “lava del todo mi delito, limpia mi pecado”; “en mi interior me inculcas sabiduría“; “rocíame con el hisopo, quedaré limpio; lávame, quedaré más blanco que la nieve“; “devuélveme el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados“; “aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa”; “crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme“; “no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu“; “devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso“; “enseñaré a los malvados tus caminos”; “aclamará mi lengua tu justicia“; “mi boca proclamará tu alabanza“. Por tanto, un corazón arrepentido obtenía de Dios el perdón cuando le ofrecía un sacrifico, bien de reparación, bien de expiación, bien de comunión… Pero el salmista expresa la condición previa a todo sacrificio, para que éste no sea vano ni vacío: el verdadero arrepentimiento. Cuando Dios otorga su perdón, otorga un corazón puro y limpio; un espíritu sanado (si diéramos al Sacramento del Perdón la importancia debida…); gozo y alegría, que brotan como consecuencia de lo anterior; un espíritu generoso, abierto a los demás, al bien ajeno, a la Salvación de los demás; y lleva, al fin, a la alabanza. Un corazón que se sabe liberado del pecado, puesto que ha experimentado la opresión que éste ejerce sobre el alma y sobre el cuerpo.

En tercer lugar, vemos que la restitución espiritual del paralítico provoca murmuraciones: “sólo Dios puede perdonar pecados”. Jesús se va a Revelar aquí como el Hijo, el que perdona los pecados no de forma cultual ni legalista: “no da el Espíritu con medida” (Jn 3, 34); “de su Plenitud hemos recibido todos, y Gracia por Gracia” (Jn 1, 16). Se va a revelar como el que da el Espíritu y, con el Espíritu, la sanación integral de la persona: como dicen los autores, la sanación física sólo puede tener lugar después de la espiritual, y unida a ella, de forma que son una sola realidad, expresada en las dos dimensiones constitutivas del hombre: cuerpo y alma. Es necesario curar antes el alma, para que se libere de toda suciedad y obstáculo, que puedan luego impedir que la Gracia opere la sanación física.

Y dice Jesús: “¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate, toma tu camilla y anda?” 

 

Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados – dice al paralítico -: 

   

“A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”». Aquí llegamos al culmen de la escena: la curación física certificará la espiritual. Hay que notar que el paralítico, quizá por su misma enfermedad, no pide nada. Permanece mudo, igual que sus porteadores, que no han hablado, sino que han actuado. Sin embargo, su corazón debía ansiar la sanación física, y aceptó además la espiritual, puesto que para ser perdonado hay que estar arrepentido y ser consciente de tu necesidad y miseria.

Es todo un signo: el paralítico que no podía acercarse a Jesús, es llevado ante Él; el que no había pedido nada, es salvado por la oración de otros; el que estaba postrado en una camilla es liberado espiritualmente, para poder luego dar verdadero testimonio y Creer; el que está paralítico recibe, por la Palabra de Jesús (Jesús libera por signos y por la Palabra, es una Liturgia Sacramental: hace presente el Reino de Dios) la sanación física: “levántate” (ya está curado, el signo notorio e importante será que se va a levantar); “coge tu camilla” (la camilla que te llevaba a ti, llévala tú ahora: Jesús, cuando sana, invierte los papeles. El signo y el testimonio radican en que el que es sanado cambia radicalmente: el endemoniado de Gerasa pasa de vivir en las cuevas a estar sentado, limpio y en su sano juicio); “vete a tu casa” (igual que el geraseno: da testimonio a los tuyos de lo que has recibido).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>