Este es el Cordero de Dios.

Este título que Juan le da a Jesús resume la misión de Jesús.  Iba a ser sacrificado como expiación por los pecados del mundo, por nuestros pecados.  No sería un Mesías militar, no se iba a imponer por la fuerza, no iba a luchar contra la opresión romana. Él era el Siervo de Dios anunciado ya en Isaías 53. Su triunfo estaría en su muerte en Cruz y su Resurrección. Su fuerza: el amor y la humildad. Lucharía contra el pecado del mundo cargando sobre sus espaldas todo el peso de la expiación, con todo el castigo que merecen nuestros pecados.  Su realeza se manifiesta en cómo asume todo el sufrimiento: no devolvía los insultos, ni los golpes, ni una queja escapó de sus labios, intercedió ante el Padre orando por sus verdugos, Él que era el único inocente; “Padre perdónales porque no saben lo que hacen”.

¿Maestro dónde vives? ¿Cuál es el anhelo de tú corazón?

Jesús se llevó  a los discípulos de Juan, les mostró su intimidad y los conquistó para su Reino, ellos luego de encontrarse con Jesús no podían menos que comunicarlo a otros, era una fuerza que no podían contener y que les llevaba a compartir la noticia, ¡Hemos encontrado al Mesías!

“Fijando Jesús su mirada en él le dijo….”

¿Cómo debía ser la mirada de Jesús? ¿Qué debían transmitir sus ojos? Sin duda ninguna que debía uno sentirse amado, pues eran los ojos del Creador los que te estaban mirando. ¡Cómo no seguirle! ¡Cómo resistirse!

Este es nuestro Dios, que no hace distinción y nos ama hasta el extremo, capaz de sacrificar hasta su propio Hijo por nosotros miserables que por un bien que le hacemos, le hacemos tres males.

¡Bendito sea el Señor! ¡Alabado, Glorificado y sobre exaltado sea nuestro Creador!

Llévanos Señor a tu intimidad, déjanos entrar por tu costado abierto hasta tu corazón y una vez allí dentro no nos dejes salir, moldéanos, transfórmanos para que seamos uno contigo como tú lo eres con el Padre. Enséñanos la manera y la forma de llevarte a los demás, para que todo el mundo te conozca, pues no hay mayor pobreza que no conocerte a ti que eres el Sumo Bien, el Todo Bien.

¡Bendito y alabado seas por los siglos de los siglos! Amén

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