La Inmaculada Concepción

Hoy es un día grande para toda la Iglesia, católicos, ortodoxos, coptos, armenios; para todos aquellos que proclamamos con el corazón, por inspiración del Espíritu Santo: MARIA THEOTOKOS. María La Madre de Dios. Pero, si para alguien es especial, porque ella, a través del Espíritu, como ya pasó cuando visitó a su pariente Santa Isabel, sembró en el corazón la “Exclamación: Inmaculada Concepción”, es para san Francisco  de Asís y sus dilectos hijos,  que fueron devotos de la concepción inmaculada de María  desde el mismo momento de la conversión de Francisco.
Nosotros conocemos la dialéctica famosa entre el hijo de san Francisco, el beato Duns Escoto, y el dominico, santo Tomás de Aquino, que acabó con la contundente afirmación del “doctor sutil o doctor mariano”, el beato Escoto, diciendo: Dios podía, Dios quería, pues Dios lo hizo.
Sin embargo,  quizás conocemos menos la devoción casi infantil y pueril, pero a la vez profunda y mística, que san Francisco de Asís profesaba a la Madre de Dios: MARIA. De hecho la nombró abogada de la Orden Franciscana y si le hubieran dejado los “sabios consejeros papales”, lo habría hecho incluir, que de hecho lo hizo en el texto original,  en la Regla de la forma de vida que le aprobaría el Papa nombrando también, como Ministro General de la Orden, al Espíritu Santo. Como es de suponer, los teólogos de la Iglesia, también le hicieron retirar este nombramiento tan inusual. Años después, una hija dilecta suya, sor María Jesús de Agreda, Franciscana Concepcionista descalza, nombraría Superiora del Convento a la Virgen María y contribuiría de forma notable, con su Mística Ciudad de Dios, obra inspirada, a la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción.
Por esto, el Papa Pio IX, cuando proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción en 1854, con la bula ” Inefabilis Deus “, la hizo grabar a los pies de la estatua de Francisco de Asís en el Vaticano, con el agradecimiento a él y a sus dilectos hijos por la defensa incansable, que a lo largo de los siglos postularon, defendiendo el dogma de la Inmaculada Concepción. A todo ello, cabe precisar, que los franciscanos gozaban de permiso para celebrar la Fiesta de la Inmaculada de forma privada desde el Siglo XV, gracias a un Papa franciscano, Sixto IV, que aprobó el Oficio y la Misa de la Purísima Concepción.
Si nos introducimos en la extraordinaria obra inspirada de sor Mª Jesús de Agreda, Mística Ciudad de Dios, descubriremos las extraordinarias gracias con que Dios favoreció a la Virgen, ya en el Pensamiento Inmanente de la Trinidad y antes de la Creación. En unos de los múltiples éxtasis de sor Mª Jesús, se le mostró por la luz infusa, que es la que pone de manifiesto las cosas como son en sí, las perfecciones divinas, la virtud y la perfección y la fealdad del pecado, la inconstancia de las cosas terrenas y otras cosas más; los  Misterios de Nuestra Madre.
Le permitirían ver, no con los ojos del cuerpo, sino con los del corazón y los del alma, este gran  Misterio: Que La Virgen fue ideada, engendrada y criada,  “ab initio et ante saecula”. Que no desciende de Adán por la culpa, sino de Dios y concebida sin pecado original. Se le dió a entender por conocimiento y luz infusa, que María ” bajó adornada y preparada por Dios” y, referente a la Gracia y a los dones recibidos por la Virgen María, retirará el velo caliginoso y nos permite penetrar en esta Verdad: Que Dios le dió todo lo que quiso darle, que quiso darle todo lo que pudo, y que pudo darle todo lo que no era Ser de Dios, pero sí lo más inmediato a la divinidad. Así vino a ser, en el mismo momento de su concepción, “la obra y milagro, de la omnipotencia divina”, “el abismo de la Gracia” y la criatura más inmediata y Próxima a Dios.
Quiero terminar esta meditación de la Inmaculada Concepción, con esta explosión de amor de Francisco de Asís a la Virgen:
¡ Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, virgen hecha Iglesia, y elegida por el santísimo Padre del cielo, consagrada por Él con su santísimo Hijo amado y el Espíritu Santo Paráclito; que tuvo y tiene toda la plenitud de la Gracia y todo bien!
¡Salve, palacio de Dios! ¡Salve, tabernáculo de Dios! ¡Salve, casa de Dios! ¡Salve, vestidura de Dios! ¡Salve, esclava de Dios! ¡Salve, Madre de Dios! ¡Salve también todas vosotras, santas virtudes, que, por la gracia e iluminación del Espíritu Santo, sois infundidas en los corazones de los fieles, para hacerlos, de infieles, fieles a Dios!
Paz y Bien.
Leone.

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