Trabajar por el Reino.

Jesús compara el Reino con un hombre que se marcha de su casa y deja a los criados y al portero con un encargo muy claro: trabajar y velar. Es decir, dedicar su tiempo y sus vidas a la casa, y a estar pendientes de la vuelta de su Señor, porque será Él quien les pague lo debido a la vuelta, y les premie o castigue por lo que han hecho o dejado de hacer.

 

La Iglesia es depositaria de la Revelación: “Dios quiso que lo que había revelado para salvación de todos los pueblos se conservara por siempre íntegro y fuera transmitido a todas las generaciones” (DV 7). Es decir, tiene el deber de anunciar el Evangelio: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la Creación” (Mc 16, 15); “id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28, 19-20).

Pero esta tarea no podemos llevarla a cabo solos. Necesitamos del Espíritu Santo, del Paráclito, el que nos defiende y consuela. Necesitamos que el Señor, por el Espíritu Santo, nos sostenga. Como dice Jesús en el Evangelio de Juan, “os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito” (Jn 16, 7). 

Y vemos que la Iglesia ha ejercido siempre este Ministerio, esta Misión que es a la vez su Identidad, ejercitando los Carismas que el Señor regala a los fieles, para el provecho común de toda la Comunidad. Y aquí es donde nos dice: “¡Velad!”. Es decir, nos pide que trabajemos, que fructifiquemos los dones y los carismas que nos concede, que practiquemos la Caridad, que escuchemos su Palabra, que comamos su Cuerpo y bebamos su Sangre… en una Palabra, como diría Francisco, que vivamos el Evangelio “a la letra, a la letra, a la letra, sin glosa, sin glosa, sin glosa” (EP 1).

Nos pide que demos importancia primero de todo al Reino, a su construcción en nosotros mismos y en el mundo. Que trabajemos de palabra y de obra. Bien lo entendió Pablo cuando dijo “he peleado la buena batalla, he acabado mi carrera, he guardado la fe” (2 Tim 4, 7). Y lo expresó San Juan de forma condensada cuando plasmó en su Evangelio las palabras de Jesús: QUE OS AMÉIS UNOS A OTROS COMO YO OS HE AMADO (Jn 15, 12).

Que la práctica asidua de la oración y la asistencia frecuente a la Eucaristía, así como los Mensajes de María en Medjugorje nos animen a esta tarea. Que lo sepamos acoger con Amor y fructificarlo aún con más Amor, en este tiempo de espera, de saber que el Niño Jesús vendrá otra vez, y que quiere llenar de luz nuestras vidas de una vez por todas. Si nos encuentra así, velando, el milagro podrá obrarse.

Pace Bene.

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