La Virginidad del alma: sólo Dios basta.

Vemos en el Evangelio de hoy (Mt 25- 1-13) que el Señor nos presenta a diez vírgenes: cinco se verá que son prudentes y, las otras cinco, necias.

Empieza diciendo que “con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio”. Vemos en Jn 3, 29 que el Novio es Jesús, cuando Juan Bautista lo ve llegar y dice: “El que tiene a la novia es el novio”. Por tanto, se da aquí ya desde el inicio una dimensión esponsal: las vírgenes son las almas que procuran que Dios lo sea todo para ellas. Es precisamente esto lo que me enseñaron una vez que era la virginidad del alma: que no haya nada que la distraiga de Amar a Dios, absolutamente nada. Todo tiene que quedar supeditado a Dios: sacrificios, aficiones, tiempo, trabajo, decisiones, problemas, alegrías… Es decir, que todo nos debe llevar a Dios, y nada debe impedirnos llegar a Él, estar con Él, orar y, como dice Jesús en Jn 14, 23: hacerle morada a Él y al Padre. Como nos recuerda Francisco en 1 R 22, 25-27:

Por lo tanto, hermanos todos, guardémonos mucho de perder o apartar del Señor nuestra mente y corazón so pretexto de alguna merced u obra o ayuda. Mas en la santa caridad que es Dios (cf. 1 Jn 4,16), ruego a todos los hermanos, tanto los ministros como los otros, que, removido todo impedimento y pospuesta toda preocupación y solicitud, del mejor modo que puedan, hagan servir, amar, honrar y adorar al Señor Dios con corazón limpio y mente pura, que es lo que él busca sobre todas las cosas; y hagámosle siempre allí habitación y morada (cf. Jn 14,23) a aquél que es Señor Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, que dice: Vigilad, pues, orando en todo tiempo, para que seáis considerados dignos de huir de todos los males que han de venir, y de estar en pie ante el Hijo del Hombre (Lc 21,36).

O en la 1 Cta F 8-10:

Somos esposos cuando el alma fiel se une, por el Espíritu Santo, a nuestro SeñorJesucristo. Le somos hermanos cuando cumplimos la voluntad del Padre, que está en los cielos (Mt 12, 50). Madres, cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo (cf. 1 Cor 6, 20) por el amor divino y por una conciencia pura y sincera, y lo alumbramos por las obras santas, que deben ser luz para el ejemplo de otros.

La Luz, es pues, Jesús mismo, que habita en nosotros si le somos fieles, porque Él mismo dijo, en Jn 8, 12 y en Jn 9, 5: “Yo soy la Luz del mundo”. Si dejamos, en perfecta obediencia, que él guíe nuestros pasos; que nos cambie el corazón, prefiriendo lo que Él prefiere; que nos haga ver según su parecer y no según el nuestro, dándonos una visión espiritual y no tan humana de las cosas de este mundo y del otro; que haga crecer nuestra Fe, Esperanza y Caridad… entonces, cuando se nos manifieste a través de la Palabra, de la Eucaristía, en la oración, en la vida cotidiana, en las relaciones con los demás, en los dones o carismas que nos regale…  le reconoceremos y podremos responder a su presencia, siguiéndole y “entrando con él al banquete de bodas”.


En cambio, si estamos preocupados por otras cosas, y la Luz de Cristo se apaga en nuestra alma:

Pero todos aquellos y aquellas que no viven en penitencia, y no reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y se dedican a vicios y pecados, y que andan tras la mala concupiscencia y los malos deseos de su carne, y no guardan lo que prometieron al Señor, y sirven corporalmente al mundo con los deseos carnales y las preocupaciones del siglo y los cuidados de esta vida: Apresados por el diablo, cuyos hijos son y cuyas obras hacen (cf. Jn 8,41), Están ciegos, porque no ven la verdadera luz, nuestro Señor Jesucristo. No tienen la sabiduría espiritual, porque no tienen al Hijo de Dios, que es la verdadera sabiduría del Padre; de ellos se dice: Su sabiduría ha sido devorada (Sal 106,27), y: Malditos los que se apartan de tus mandatos (Sal 118,21). Ven y conocen, saben y hacen el mal, y ellos mismos, a sabiendas, pierden sus almas. Ved, ciegos, engañados por vuestros enemigos, por la carne, el mundo y el diablo, que al cuerpo le es dulce hacer el pecado y le es amargo hacerlo servir a Dios; porque todos los vicios y pecados salen y proceden del corazón de los hombres, como dice el Señor en el Evangelio (cf. Mc 7,21). Y nada tenéis en este siglo ni en el futuro. Y pensáis poseer por largo tiempo las vanidades de este siglo, pero estáis engañados, porque vendrá el día y la hora en los que no pensáis, no sabéis e ignoráis; enferma el cuerpo, se aproxima la muerte y así se muere de muerte amarga. Y dondequiera, cuando quiera, como quiera que muere el hombre en pecado mortal sin penitencia ni satisfacción, si puede satisfacer y no satisface, el diablo arrebata su alma de su cuerpo con tanta angustia y tribulación, que nadie puede saberlo sino el que las sufre. Y todos los talentos y poder y ciencia y sabiduría (2 Par 1,12) que pensaban tener, se les quitará (cf. Lc 8,18; Mc 4,25). Y lo dejan a parientes y amigos; y ellos toman y dividen su hacienda, y luego dicen: “Maldita sea su alma, porque pudo darnos más y adquirir más de lo que adquirió”. Los gusanos comen el cuerpo, y así aquéllos perdieron el cuerpo y el alma en este breve siglo, e irán al infierno, donde serán atormentados sin fin. (1 Cta F: De los que no hacen Penitencia).
Busquemos, pues, por Amor y no por Temor, cumplir la Voluntad de Dios y hacer de Él el vértice de nuestras vidas.
Que María Santísima, “Santa Virgen de las Vírgenes”, nos inspire, ayude y acompañe en este camino.

Pace Bene.
Maseo.

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