La hora de los justos.

El Evangelio de este Domingo se refiere a la parábola de los talentos. El talento es representación de los grandes dones que al hombre Dios le hace y le regala  en el orden de la Gracia, dotes que Dios se sirve para que el hombre los explote y divulgue las grandezas de su Creador y sobre todo para dar la gloria de Dios y el bien de las almas. Dios no reparte los dones y cualidades en justa medida, sino que atiende las cualidades y fuerzas de los hombres de tal manera que ninguno de ellos pueda quejarse de que le haya concedido más o menos de lo que convenía. Distribuidos sus dones según su liberalidad, el hombre se marcho en seguida, sin decir el tiempo de su vuelta, dejando a los siervos que negociaran los talentos recibidos según su criterio e ingenio, cito literalmente “Y se marchó luego” la ausencia representa el tiempo que se nos concede para negociar el Reino de los cielos”. La esencia de este pasaje es la respuesta del hijo a su Padre, del hombre a su Señor. Dos de ellos con tanto tesón que doblaron el capital recibido, es el símbolo de los cumplen fielmente sus deberes, cooperan a la gracia, se afanan en trabajar para Dios, para sí y para sus prójimos. Lo mismo hace el segundo. Cabe resaltar a todo ello que los siervos negocian con talentos que han recibido porque en orden al Reino de los cielos nada podemos hacer sino con lo que Dios nos da. El tercero de ellos representa la mala actitud del que peca contra Dios y contra sí, y quizá contra el prójimo por retener la gracia de Dios mediante la inacción. Dios quiere que produzca frutos de vida eterna. No malbarata el talento recibido, se contenta con retenerlo, esconderlo en lugar seguro para devolverlo sin ganancia a su señor, en él se figuran los que reciben en vano la gracia del Señor que no hacen el bien que pudieran y debieran, ni levantan el corazón de las cosas de la tierra. En la segunda parte del pasaje el señor llama a cuentas, es la visita al fin de nuestra vida, cuanto más tiempo y mayores dones mas exigente será el señor. El fruto que debemos reportar al Señor debe ser equivalente a lo que se nos entregó. Los dos primeros siervos no se ufanan con la exhibición del lucro, antes reconocen primero el don recibido sin el que jamás podrían haber negociado y el señor los recompensa permitiéndoles entrar en el gozo del Señor. Dios no mira cuanto hemos hecho, más bien mira la diligencia y la fidelidad con que hemos trabajado. Termina la parábola con una admonición gravísima y con la sanción que merece el siervo malo. El esfuerzo y la cooperación a la gracia atraen otras gracias en cambio los indolentes y perezosos que tienen ociosos los talentos serán privados de ellos. No solo los que obran mal serán condenados sino también los que no hicieron el bien que debieron.

Pax et Bonum.

Bernardo Da Quintavalle.

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