Se le abrieron las puertas del cielo.

Era el atardecer del tres de octubre de 1226. Los últimos rayos de oro cubrían de nostalgia y aires de eternidad los picos más altos de los Apeninos. La tierra había entregado su cosecha dorada y presentaba el rostro de satisfacción de quien ha cumplido su misión.

Inesperadamente, el agonizante abrió los ojos, hizo ademán de incorporarse, diciendo: ¡ya llega, ya llega! Había en su voz y en su expresión algo de ansiedad, mucho de alegría y mucha sensación de alivio de quien va a ser liberado de la cárcel. Los hermanos lo miraron expectante. El agonizante se hundió de nuevo en su lecho y quedo en silencio, respirando con dificultad. A los pocos minutos abrió de nuevo los ojos y esta vez sin ninguna ansiedad y sin moverse, dijo: ¡ya ha llegado! Con voz debilísima añadió:

-Hermanos, ayudadme a incorporarme.

Los cuatro veteranos lo tomaron con gran veneración y lo sentaron en el lecho mortuorio.

Extendió lo brazos y, mirando hacia la puerta de la choza, dijo con voz apagada:

“Bien venida seas hermana mía, muerte” no sé porque todo el mundo te teme tanto, amable hermana. Eres la hermana libertadora llena de piedad. ¡qué seria sin ti de los desesperados, de los sumidos en la cárcel de la tristeza? Nos libras de este cuerpo de pecado, de tantos peligros de perdición. Nos cierras las puertas de la vida y nos abres las puertas de la vida.

Luego, dirigiéndose a los presentes, les dijo:

-Caballeros de mi Señor, si en el transcurso de nuestra breve vida hemos rendido cortesía caballeresca a nuestra señora pobreza, es correcto que lo hagamos ahora con la señora hermana muerte que acaba de llegar para librarme de la cárcel del cuerpo y llevarme al paraíso inmortal.

E improvisó una liturgia caballeresca. Mandó al medico que se plantara en la puerta de la choza y que, como introductor de embajadores, anunciara solemne y gozosamente la llegada de la ilustre visitante.

Pidió a los hermanos que lo colocaran en el suelo. Por última vez los cuatro leales veteranos lo tomaron con infinita reverencia  y lo colocaron en la tierra sobre una piel de oveja. En el hermano mandó que, en honor de la hermana muerte, derramaran polvo y ceniza sobre su cuerpo. Así lo hicieron.

Pocos minutos después el moribundo empezó a rezar el salmo con mi voz clame al Señor. Los hermanos lo continuaron.

El hermano tenia cuarenta y cinco años. En veinte años escasos había consumado esta singular historia del espíritu, en el bosque y en la cabaña, los hermanos seguían cantando fervorosamente el cántico del hermano sol.

El hermano yacía en el suelo. Ya no se movió más. Todo estaba consumado.

En este momento se formó espontáneamente, sin ningún plan premeditado, un cortejo triunfal que acompañaría al Pobre de Dios hasta el umbral del paraíso.

Abrían la marcha los Ángeles, arcángeles, querubines, serafines, principados y potestades. Ocupaban el firmamento de un extremo a otro y cantaban: hosanna al altísimo y a su siervo Francisco.

Luego venían los jabalíes, lobos, zorros, chacales, perros, pumas, bueyes, corderos, caballos, leopardos, bisontes, osos, asnos, leones, paquidermos, antílopes, rinocerontes. Todos ellos abuzaban en orden compacto. No se amenazaban ni se atacaban unos a otros. Al contrario, parecía viejos amigos.

Detrás volaban los murciélagos, mariposas, abejas, cóndores, colibríes, alondras, moscardones, golondrinas, grullas, zorzales, pinzones, perdices, gorriones, ruiseñores, mirlos, gallos, gallinas, patos. Había tanta armonía entre ellos como si toda la vida hubieran convivido en el mismo corral en la mejor camaradería.

Mas tarde llegarían los caimanes, los delfines, los hipopótamos, los peces espada, las ballenas, los pejerreyes, dorados, peces voladores, truchas. Era admirable: los peces grandes no se comían a los peces chicos. Parecían hermanos de una misma familia. Finalmente cerraban el cortejo las cobras, anacondas, víboras, boas, lagartos, lagartijas, dinosaurios, plectosaurios, y serpientes de cascabel.

Mientras en el bosque de la porciúncula no cesaba de resonar el cántico del hermano sol, todos estos hermanos cantaban, gritaban, piaban, graznan, rebuznaban, silbaban, bramaban, aullaban, ladraban, rugían, balaban, mugían. Desde el principio del mundo no se había escuchado semejante concierto. Todas las criaturas, según su naturaleza, cantaban aleluyas a su amigo y hermano Francisco. Y Francisco y las criaturas alababan al unísono, al altísimo creador.

Detrás de esta escolta triunfal, el hermano de Asís, sentado sobre un burrito, se despegó de la tierra y empezó a cruzar los cielos. Se había abierto la puerta grande del paraíso como en las grandes solemnidades. Desde el día de la ascensión, no se había abierto esa puerta.

El pobre de Dios arrastraba consigo a toda la creación al paraíso.

Había reconciliado la tierra con el cielo, la materia con el espíritu. Era una llama desprendida del leño. Era la piedad de Dios que retornaba a casa.

Lentamente, muy lentamente, el hermano fue internándose en las orbitas siderales. Fue alejándose como un meteoro azul hasta que se perdió en las profundidades de la eternidad.

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