La viña: permanecer en Él.

En el Evangelio de hoy nos encontramos con que Jesús propone una parábola que, en el fondo, no enseña otra cosa que lo que supone “permanecer en Él”. En efecto, “el propietario salió a contratar obreros para su viña”. En el AT vemos que la viña es el Pueblo de Israel: “ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó” (Sal 79) proclama el salmista pidiendo auxilio a Yahveh contra los enemigos. Por tanto, Yahveh es el propietario, el dueño de la vid y, como dirá Jesús, el viñador.

Aquí la imagen de la viña Jesús la traslada al Reino, es decir, a la Nueva Comunidad futura, pero que empieza o debe empezar a incoarse aquí en la Tierra, acogiendo a Jesús y al Evangelio.

En Jn 15 nos dice Jesús: “Yo soy la vid verdadera”, “Mi Padre es el viñador”, “Vosotros sois los sarmientos”, “Permaneced en mí”, “Que vayáis y déis fruto, y que vuestro fruto permanezca”. Es decir, Jesús nos dice que para vivir el Reino debemos estar unidos a Él como el sarmiento lo está a la vid. La perspectiva, pues, es más profunda de lo que nos podría parecer a primera vista. El propietario contrata obreros, a diferentes horas, y a todos les paga lo mismo.

Si miramos los versículos anteriores (Mt 19, 27-30) al Evangelio de hoy, vemos que, en éste, Jesús desarrolla lo que les ha dicho antes a sus discípulos: que quien lo deje todo por Él y por el Reino recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna. Luego, como sabemos, nos habla de la viña y los obreros, y del pago de un mismo salario. Nos quiere hacer entender que la Vida Eterna la da el Señor a todos por igual, sin importar si toda la vida has estado con Él (el hermano mayor del hijo pródigo), si has estado medio día o si has llegado el último momento. Lo que pide es que trabajemos, pero si miramos Jn 15 entonces ya son dos las dimensiones a tener en cuenta: la viña es el Pueblo, pero también es Jesús, y por tanto, “trabajar en la viña” (si tenemos en cuenta Jn 6, 27: “obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre”) es gastar la vida por el Reino (apostolado, oraciones, caridad…) y, a la vez, la Vida Consagrada: permanecer en Él. O sea, cultivar la vid, pero a la vez beber de su vino para dar fruto: el binomio inseparable Oración – Acción Apostólica. A partir de aquí, entenderemos que el denario es la Vida Eterna, que a todos se da por igual, y el grado de Gloria dependerá ya de cómo hayamos cultivado la vid y cómo hayamos bebido su vino.

La invitación del Propietario – el Padre – es, entonces ir a vivir con Él, a estar con Él, en la línea de la parábola del banquete mesiánico. Es una parábola de la Vida Consagrada, Mística, Santa, de Desposorio. Trabajar es “trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día […] mientras estoy en el mundo, Yo Soy la Luz del Mundo” (Jn 9, 4-5). Así entendemos que el trabajo en la Vid se desarrolla a lo largo de un día: el día que nos da la Luz de Cristo, siempre iluminadora, consoladora, que nos acompaña, aun cuando sea duro: “hemos aguantado el peso del día y el calor”. Una vez recibida la vocación y nos hemos puesto a servir a Jesús y a estar con Él, ciertamente caben dos actitudes:

– La de los que se quejan y murmuran, porque aun habiendo sido llamados y escogidos, no han permanecido en Jesús, quizá hasta se han apropiado de lo que Jesús les ha dado y han vivido en justicia, pero sin Amor, sin alma. Y el día, en lugar de ser gozoso y alegre, les ha parecido pesado y caluroso. No han reparado en que al lado de las fatigas, sinsabores y problemas que acarrea con el mundo el hecho de trabajar con y para Jesús está su Luz, su Refrigerio – como diría Francisco -, la brisa de la tarde, el agua que refresca, el gozo mismo de estar con Él… Reciben los dones, son sus amigos “os he llamado amigos”, pero no conocen al novio (Jn 4).

 – Los que trabajan, sin más, sabiéndose destinatarios de un Gran Amor y llamados también a devolverlo. Reciben lo suyo, y no se quejan de nada. Lo acogen y se dejan premiar y conducir. Seguramente los convertidos o llamados más tarde serán más agradecidos que los “instalados”, los que llevan toda la vida de cristianos. Y eso lo podemos ver y apreciar en nuestra Iglesia de hoy.

Finalmente, fijémonos en lo que dice Jesús: “Nadie puede venir a mí si el Padre que me ha enviado no lo atrae, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 44). El Padre, que es el viñador, llama a trabajar para Él, es decir, a ser sarmiento, puesto que la vid necesita sarmientos para que éstos den fruto y se dé Gloria al Padre – Propietario. Nadie, sin embargo, entra en la viña si no lo llama, no lo escoge, el Padre. Por tanto, debemos estar atentos, seguir sus Pasos y su Llamada y, cuando decaiga el día, descansaremos y recibiremos nuestro jornal.

Pace Bene.

Maseo, OFS.

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