2º Domingo de Cuaresma: del Tabor al Calvario.

El Evangelio de hoy (Mt 17, 1-9), segundo Domingo de Cuaresma, nos trae a la contemplación la escena en que Jesús se transfigura delante de sus apóstoles Pedro, Santiago y Juan. En dicha Transfiguración les muestra su Gloria, su Verdadera Gloria.Jesús se los lleva aparte, y se transfigura delante de ellos. En dicha visión les muestra su Gloria (“su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”), lo cual nos lleva a la visión que tiene Juan de Jesús – Hijo de Hombre en Ap. 1, 14-16: “Su cabeza y sus cabellos eran blancos, como la lana blanca, como la nieve; sus ojos como llama de fuego; sus pies parecían de metal precioso acrisolado en el horno; su voz como voz de grandes aguas. Tenía en su mano derecha siete estrellas, y de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro, como el  sol cuando brilla con toda su fuerza”. Es decir, los apóstoles, en éxtasis, ven a Jesús igual que lo ve Juan años más tarde, también en éxtasis. No es el mismo Jesús que se muestra “sólo” humanamente, sino que es el Jesús – Hijo, mostrándose tal cual es en realidad, en su unión trinitaria.

Sus interlocutores, Moisés y Elías, otorgan a esta revelación de la Gloria de Jesús una característica particular, que a los Apóstoles no les pasó sin duda desapercibida, aunque no la terminaran de entender: en Jesús, se da cumplimiento a la Ley y a los Profetas, de un modo no rompedor o discontinuo, sino en perfecta sintonía y continuidad. Dicho de otro modo, Jesús es Aquel en quien los profetas soñaban, y al que la Ley conducía. Es, pues, una Revelación perfecta y absoluta. Jesús muestra quién es, y tal como es. El Padre, a su vez, también se revela, como en el Sinaí, en una nube y una voz. Pero no para dar una Ley, sino para mostrar y revelar a su Hijo, como dando cumplimiento y fin a los acontecimientos que tuvieron a Moisés como protagonista (Ley) y a Elías como destinatario (la suave brisa y el carisma profético). El Espíritu se revelará en Pentecostés.


No es extraño que en un clima de éxtasis, manifestación de la Naturaleza de Dios y encuentro con sus Personas, Pedro quiera quedarse. La figura de la tienda es recurrente en Israel: es el lugar de la morada, de la seguridad, la intimidad y hasta de la Revelación de Dios. Pedro quiere una morada permanente para el Hijo y aquellos a cuyos ministerios da plenitud. Luego, al ser invadidos por la nube y oir, como Moisés, la Voz de Yahveh, caen rostro en tierra, como Moisés. Pero ahora será el Hijo quien los levante. La nueva montaña en que Dios se ha revelado es el Tabor, no el Sinaí: Ley y Profetas hallan aquí su nuevo lugar teofánico.

Pero la montaña en que de una forma definitiva se lleve a cabo el Plan de Salvación será el Gólgota, el Calvario. Allí Jesús mostrará su Gloria de otra manera: dándose hasta la última gota de sangre. Del Tabor al Calvario, de la Gloria a la Pasión: la segunda no hubiera sido posible sin la primera, porque el Tabor supuso una preparación, un momento de consuelo para Él y una preparación para los Apóstoles, de forma que no olviden, cuando sea crucificado, quién es y para qué ha venido: el Hijo se sacrifica al Padre. Todos los sacrificios de la Antigua Alianza prefiguraban éste.

Por tanto, eso me lleva a reflexionar dos cosas: la primera, cómo vivimos la Misa. La Eucaristía es lugar de encuentro con Jesús Crucificado y Resucitado. ¿Sabemos estar como Pedro, Santiago y Juan, o como María y Juan ahí, frente a Jesús, y dejarnos transformar por Él? Y la segunda: ¿estamos dispuestos al Sacrificio y a dejarnos guiar por Jesús hacia la Santidad, que conlleva, siempre, Cruz?

Pace Bene.

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