Día 24 de Diciembre de 2010, Nochebuena.

“No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc. 2, 10-11)

 

 

               Este debe ser el anuncio de todo cristiano esta Noche Santa, al igual que hizo Juan Pablo II: “¡No temáis, abrid de par en par las puertas a Cristo!”

 

Tal vez la respuesta de muchos sería: este niño que vosotros anunciáis nació ya hace más de 2.000 años.

 

                Sí, Jesús, el Cristo Señor, se hizo hombre, se hizo uno de nosotros, ya hace más de 2.000 años, pero año tras año está buscando nacer en aquella alma que quiera abrirle y darle cobijo, y por eso nosotros anunciamos: ¡NO TEMAIS! ¡ABRID LAS PUERTAS A CRISTO!

 

                Porque  se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres (Tt 2, 11), sin excepción, Él llama a todos, Él quiere nacer y morar en todos los hombres.

 

                María, portadora de LUZ y de ESPERANZA, es la encargada de llamar una y otra vez a nuestro corazón.  Ella lleva en su seno al Hijo de Dios. Ella es la que toca las puertas de nuestra alma para pedirnos: ¿Puedo hospedarme esta noche en tu casa para dar a luz a mi Hijo?

 

                Si supiéramos reconocer su voz, si hiciéramos el esfuerzo de preparar nuestra alma para esta Gran Noche, renunciando a la impiedad y a las pasiones mundanas, viviendo con sensatez, justicia y piedad en el tiempo presente (Tt 2,12), exclamaríamos: ¿quién soy yo para que  la madre de mi Señor venga a visitarme? (Lc 1, 43)

 

                Aun estamos a tiempo para preparar nuestra alma, PONGÁMONOS EN MANOS DE MARÍA:

 

                María, tú has llamado pidiendo poder entrar en mi casa esta noche, para dar a luz a tu Hijo.

                Mira: No tengo más que esta pobre cueva que es mi alma, llena de imperfecciones y pecados. Sin luz, fría.

                Igual que hiciste en Belén, para preparar la llegada de tu Hijo, limpia tú mi alma, ordena todo este desbarajuste, prepara un sitio para mi Señor, enciende una lumbre para que sea un lugar cálido para vosotros. Pero hazlo tú, Madre, enséñame que es lo que puedo hacer para ayudarte a prepararlo todo en mi interior para su llegada.

                Te dejo hospedarte en mi corazón. Te dejo dar a luz a tu Hijo en mi alma.

                A cambio solo te pido que seas tú la encargada de preparar este pobre lugar para tu Hijo.

                Y cuando llegue el momento y El nazca, se tú, Madre, la que me lo entregues, la que lo dejes entre mis brazos para que pueda besarlo, amarlo, darle calor y adorarlo.

                Y solo me queda darte las gracias, María, y FELICITARTE en esta GRAN NOCHE, pues cuando lo tenga entre mis brazos no tan solo lo alabaré y adoraré, sino que inevitablemente, mirándote a ti, María, podré decir con todas mis fuerzas:

              

  AVE MARIA, LLENA DE GRACIA, EL SEÑOR ESTÁ CONTIGO. BENDITA TU ERES ENTRE TODAS LAS MUJERES Y BENDITO ES EL FRUTO DE TU VIENTRE, JESÚS.

 

Iluminada de Pisa, OFS.

 

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