05 de Diciembre de 2.010. 2º Domingo de Adviento. ¡CONVERSIÓN!

La meditación del segundo domingo de Adviento, CONVERSIÓN, no necesita ni de grandes títulos ni de adjetivos que coronen esta palabra. Conversión, manida palabra que hemos traducido del griego, “metanoia”, cuyo primer interrogante será  plantarnos si el sentido que se le ha dado es el correcto. Hace bastantes años leí un libro del Cardenal Martíni  que se titulaba: “Las Confesiones de San Pablo”. En él, el Biblista y exegeta, se adentraba en las mismas entrañas del apóstol de las gentes para poder beber, aunque fuera tan sólo un poquito, de la miel que nos transmite en sus cartas sobre su propia conversión. La raíz hebrea del verbo es “SUB”, que no quiere decir desandar lo andado y volver a empezar. El verdadero sentido que tiene para los hebreos, que es el mismo sentido que le daba, Jesús, María y José, cuando rezaban y recitaban la Torá, es el de ACEPTAR, ACOGER e INTERIORIZAR la invitación inveterada, desde la misma Creación, que hace DIOS para que nos decidamos por El. Así como Dios nos crea como consecuencia de la Revelación de su AMOR, también es cierto que hace al hombre un ser personal, responsable y capaz de tomar decisiones, es decir, con VOLUNTAD, y sin la acción de su voluntad Él no forzará al hombre a dejarlo actuar en su historia, en su vida. No consiste en un acto Violento, forzado y fustigado, a sentir el arrepentimiento, a veces, sólo externo porque, en realidad y en nuestro interior, no lo sentimos de corazón. NO! NO!, no consiste en esto. La CONVERSIÓN no es más que un acto, consciente, maduro, asumido e intrínseco hacia DIOS que se manifiesta, extrínsecamente, al exterior, es decir, al mundo. El discípulo amado,  Juan, nos hace una gran distinción entre el tiempo que empleamos para fijar los horarios, tiempo material, y los tiempos de Dios, acciones acontecimientos en los que Dios interviene. El tiempo material, “Kronos”, y el tiempo de Dios, “Kairos”, se fusionan en un hito determinado de nuestra historia y aquí es cuando se produce la apertura de las puertas de nuestro corazón y, como decían los antiguos, que lo designaban con la palabra, “mirabilia”, dejamos actuar al Dios libertador en nuestras vidas. Dios libertador porque le dejamos actuar en nosotros y El hará maravillas en nuestras vidas y, de esta manera, nuestras vidas se vuelven alegría para Él y para nosotros.

La Conversión, a pesar de que tiene un hito de volverse hacia Dios, es un proceso que dura toda la vida, es lo que en el lenguaje Joánico, diríamos “angeliorum”, es decir, el que es tomado por el mensaje de Jesús. Este proceso, como cualquier proceso de noviazgo, que requiere mucho tiempo para el otro, dedicación, cariños, sentimientos y expresiones de nuestros deseos y afectos, también se requiere para alimentar, enriquecer y hacer crecer esta relación con Dios y, para ello, es necesaria la ORACIÓN, este vehículo regalado por Jesús y propiciado por Nuestra Madre, La Virgen María, y por todos los santos, basta reseñar a San Francisco de Asís, que se dice de él que “no era orante sino que, todo él, era oración”. Haciendo oración, participando de la Última Cena con Jesús, leyendo y meditando al Jesús escatológico, es decir, caminando por la tierra y dejándonos sus enseñanzas, y acogiendo, en definitiva, los Sacramentos que instituyó para nuestro ENCUENTRO CON ÉL, porque la dimensión de todo Sacramento, no lo olvidemos, es ENCARNATORIA,  como decía Karl Rahner, cada vez que recibimos un sacramento se produce un encuentro ENCARNATORIO entre DIOS Y EL HOMBRE, podremos, primero, dejar libertad a Dios para que realice maravillas en nosotros y, segundo, nosotros podremos comprender la belleza y la grandeza del don de la vida regalado gratuitamente por Dios.

Una vez que se haya producido esta Apertura de nuestros corazones podremos entender la explosión de San Francisco de Asís, cuando en su Testamento nos dice: “ El Señor me dio de esta manera, a mí el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia; en efecto, como estaba en pecados, me parecía muy amargo ver leprosos. Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me tornó en dulzura de alma y cuerpo; y después de esto, permanecí un poco de tiempo y salí del siglo”.

¡DECIDÁMONOS YA POR DIOS EL HARÁ MARAVILLAS EN NOSOTROS!

Leone de Asís.

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